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El eco de la Semana Santa

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09.04.2026

Mi particular balance de la Semana Santa, ya en frío, es bastante negativo. De malo, tirando a peor. La aspiración de construir un mundo mejor, aunque sea lentamente, se debilita año tras año entre el sonido fúnebre de trompetas y tambores, el olor a incienso y la imaginería de lágrimas y sangre.

La cosa ya empezó chunga cuando, por un azar del almanaque que dejó al desnudo nuestra verdadera catadura moral, vino a coincidir el final del Ramadán con el principio de la Semana Santa. Y algunos ayuntamientos que no son nada racistas y mucho menos islamófobos, sino acogedores y respetuosos con los ritos y creencias de todos sus vecinos por igual, no permitieron a los musulmanes celebrar su fiesta, que no es precisamente un macrobotellón de música a todo volumen generando toneladas de basura, del fin del Ramadán. El nuevo racismo del siglo XXI se llama islamofobia. El supremacismo es blanco, judío y cristiano, provoca guerras y mata a miles de niños, aunque sea Semana Santa. Una fiesta, la del Ramadán, que consiste simplemente en juntarse en silencio para rezar. Pues nada, se les prohibió el uso del polideportivo municipal, donde venían celebrándola sin problema, teniendo que marcharse a un parking de las afueras. Una explanada de mala muerte junto a la piscina municipal.

Ganas de joder y de demostrar su odio. Demostrarlo y fomentarlo. A ver si a la mínima, como ocurrió en Torre Pacheco este verano, nos matamos a palos. Recordándonos que el cuadro de Goya "Duelo a garrotazos", de hace 200 años, sigue muy vigente en la madre patria. Que no digo yo que deban dejar a los musulmanes apropiarse del espacio público, cortar las plazas y calles de la ciudad, los accesos principales, retirar los coches, terrazas, mobiliario urbano, llenar el pavimento de cera de las velas y un largo etcétera de inconvenientes, molestias y gasto público, TVE incluida, para celebrar las procesiones cristianas. No, tanto no, por favor. ¡Faltaría más! ¡Hasta ahí podíamos llegar con tanta igualdad!  Simplemente un polideportivo para rezar con unas mínimas condiciones de dignidad.

Se da la paradoja de que en las zonas de mayor empleo inmigrante, fundamentalmente en la agricultura – Almería, Murcia, Huelva, Cataluña –, con mano de obra barata, silenciosa y disciplinada, esclavizada en muchos casos y sobreviviendo de manera inhumana, es donde mejores resultados obtienen los partidos antiinmigración. La paradoja es: me aprovecho de ti sacando un buen beneficio económico, te necesito para hacer los trabajos mal pagados que ya nadie acepta, me lucro con tu esfuerzo callado bajo el mar de plástico, pero no te quiero. Mejor ni verte. Mejor invisible en tu miseria. Mejor lejos de nuestro polideportivo, de nuestras calles, de nuestros bares y tiendas. ¡Largo de aquí! ¡Fuera!

A los pocos días, una vez que los musulmanes – imagina por un momento que todos los que estamos leyendo este artículo fuéramos........

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