Si esto es una batalla cultural, debemos defender nuestra trinchera
Hasta ahora, el grueso de la ciudadanía pensaba que una batalla cultural era el típico conflicto de binarismo ideológico. Lo entendían tan así que asumían la alternancia política como respuesta saludable para el propio sistema democrático. Los partidos que se perpetúan en el poder acaban siendo nocivos para la población y muy rentables para los corruptores. Sin embargo, empiezo a apreciar en la gente, en especial en las personas progresistas, una señal de alarma que hasta ahora no había visto. Es como si hubiesen empezado a comprender lo que realmente significa una batalla cultural y lo que está en juego en esta confrontación.
Una batalla cultural no tiene nada que ver con el sano enfrentamiento de ideas en el espacio público. Es una guerra no ya por el modelo de sociedad y de país en el que queremos vivir, y que vivan quienes vengan detrás, sino una manera de entender el mundo y una defensa de los valores y principios en los que creemos.
Como en toda guerra, el lenguaje se envilece y la victoria se impone a cualquier otra razón. Cuando Feijoo dice "haré todo lo posible para cambiar al Gobierno. Y cuando digo todo, es todo", o cuando Aznar repite eso de "quien pueda hacer, que haga”, están atacando a la línea de flotación de la democracia y a todos sus valores. Va más allá de un cambio político. Están hablando de un cambio de paradigma.
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