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La dimensión patriarcal de la crisis de Ceuta y la ausencia de un enfoque feminista

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20.08.2026

La crisis de Ceuta no puede analizarse como un fenómeno neutro desde el punto de vista del género. Las políticas de frontera, la militarización, la externalización del control migratorio y las respuestas institucionales producen impactos diferenciados sobre mujeres, niñas, hombres y niños. Sin embargo, el discurso político y mediático dominante continúa presentando la movilidad humana como un problema de seguridad y un fenómeno protagonizado fundamentalmente por hombres jóvenes, dejando en un segundo plano las experiencias específicas de las mujeres y las niñas. Esta invisibilización no es únicamente una carencia estadística o metodológica: refleja una determinada forma de entender el poder, la movilidad y la protección profundamente atravesada por relaciones patriarcales.

La propia representación de la crisis contribuye a reproducir esta mirada. Las imágenes de jóvenes atravesando el mar, saltando una valla o concentrándose en la frontera construyen una narrativa predominantemente masculina de la migración. El "migrante" aparece como un sujeto masculino, joven, potencialmente peligroso y asociado a la amenaza. En cambio, las mujeres aparecen con frecuencia como acompañantes, madres, víctimas o personas dependientes. Esta representación borra su capacidad de agencia y oculta que las mujeres también migran por razones económicas, políticas, familiares, climáticas y de supervivencia, y que muchas emprenden trayectorias migratorias autónomas.

Desde una perspectiva feminista, esta representación es problemática porque convierte la experiencia masculina en la experiencia universal de la migración. Las políticas se diseñan alrededor del cuerpo masculino que cruza la frontera, mientras que las necesidades específicas de mujeres y niñas quedan relegadas a dispositivos secundarios de protección. La consecuencia es una política migratoria aparentemente neutral que, en la práctica, puede reproducir desigualdades de género.

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La frontera de Ceuta, en este caso, se presenta como espacio patriarcal de control y particularmente revelador de estas relaciones de poder. Su funcionamiento se basa en la vigilancia, la fuerza, la disuasión, la jerarquización de las movilidades y la capacidad del Estado para determinar quién puede entrar, quién debe permanecer fuera y quién puede ser devuelto. Son mecanismos históricamente asociados a formas de poder y autoridad que privilegian la fuerza, el control territorial y la seguridad sobre los cuidados, la protección y la reproducción de la vida.

La militarización de las fronteras introduce además una dimensión simbólica profundamente masculina: la frontera se construye como territorio que debe ser defendido, protegido y "blindado" frente a una amenaza exterior. El lenguaje de invasión, avalancha, presión migratoria, defensa de la frontera o control del territorio transforma a las personas en una masa anónima frente a la que se legitima el despliegue de dispositivos policiales y militares.

Este lenguaje tiene consecuencias políticas. Cuando la movilidad humana es presentada como una amenaza, las personas dejan de ser consideradas sujetos de derechos y pasan a ser cuerpos que deben ser contenidos. La frontera deja entonces de ser un espacio de protección y se convierte en un espacio de disciplina y control.

Una lectura feminista permite preguntarse qué ocurre cuando este modelo de poder se aplica sobre cuerpos que ya se encuentran atravesados por desigualdades de género, raciales, económicas y administrativas,........

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