Siri Hustdvet en Septiembre
Leo el último libro de Siri Hustvedt en un mes de agosto en el que la vida parece haberse detenido mientras que el planeta grita. "Incendios, inundaciones, vientos fuertes y cielos anaranjados. Costas inundadas. Hielo derritiéndose. Miedo, más miedo", escribe la mujer temblorosa en unas páginas políticamente arrugadas por unas manos que no saben muy bien qué hacer ante el desastre. Completo la lectura en apenas un par de días, de esos cordobeses en los que el sudor acaba siendo un reguero que va tatuando grietas en la piel. Lo hago después de haber disfrutado en Filmin del maravilloso documental Dance around the Self, que es un viaje emocional por los cientos de pliegues de la escritora nacida en Minnesota. Cuando mi calendario parece haberse ralentizado y mi agenda apenas si se atreve a saltar a la semana que viene, sus Historias de fantasmas me han hecho pensar y llorar. Y no solo por cómo describe con rigurosidad y emoción todo el proceso de la enfermedad y la muerte de su marido, Paul Auster, y que ahora yo contemplo con la perspectiva de quien ha empezado a familiarizarse con términos como PET, sino por cómo nos ofrece, en un ejercicio extremo de generosidad, el ejemplo más admirable, y envidiable, de una historia de amor. La vivida por Siri y Paul, un "nosotros" en el que se evidencia la importancia del "y" y que se traduce en un proceso de enriquecimiento mutuo, de conversación sin fin que incluso perdura más allá de la muerte. Supongo que la antítesis de eso que en estos últimos años estamos identificando como el más tóxico amor romántico.
Historias de fantasmas es, por supuesto, la historia de........
