Para esto sirve una plaza
“Tía, aquí hay una movilización tocha. Se está creando un grupo con todo un plan de arquitectura para ver cómo colocar los toldos para la lluvia. Están llegando los scouts para ayudarnos con los nudos. Esto es increíble. O sea, ¿esta sociedad utópica en la que cualquier asunto se soluciona en un minuto? Ojalá pudiéramos vivir así toda la vida.”
Desde la acampada, mi amiga María me cuenta cómo se prepara el entramado para una posible tormenta. Hemos visto esto crecer este ecosistema, que ya por censo podría ser un pueblo. Estamos fascinadas con su capacidad logística, que aumenta a la misma velocidad que su tamaño. Por cada tienda, inteligencia y brazos. Llevamos aquí desde la primera noche. Yo estaba asustada, ella ilusionada. “No va a pasar nada, ya verás. No les interesa que vuelvan a salir imágenes de la policía, ya mucho nos dieron en el desahucio”, me repetía ella cada vez que me notaba intranquila. Tardé poco en abandonar el pánico, los demás me lo pusieron fácil: pronto fuimos muchos en Sol. Tantos que incluso yo, que tiendo a la angustia, supe que, esta vez, sería imposible un desalojo.
Me lo cuenta porque las noticias me pillan fuera de la acampada. No estoy donde debo estar, sino donde tengo que estar. Es decir, en la oficina. Por eso me lo retransmite, no quiere que me pierda nada. A veces pienso que es a ella a quien más le molesta que yo tenga que rendir cuentas ante un jefe de nueve a seis. “Por las mañanas, como estamos más despejados, es cuando más se puede contribuir. Por las tardes somos tantos que es difícil hasta pasear”. Ella es autónoma, y desde el desahucio de Maricarmen ha decidido aminorar su carga de trabajo. Ya se enfrentará a las consecuencias. La acampada no le parece únicamente urgente. Le resulta, sobre todo, importante.
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La agenda de mi grupo de amigas está congelada. No ha hecho falta decirlo, se ha dado por hecho. Vamos de la acampada al trabajo, del trabajo a la acampada. Todo lo demás se ha cancelado. Nos vemos en Sol, estamos todas aquí: las de siempre y las que he conocido en esta acampada. Hacía años que no tenía tanta cotidianidad con mi entorno, veo a mi gente cada día. Tampoco contaba con un punto de referencia. En cambio, ahora sé que hay un lugar donde, vaya a la hora que vaya, siempre encontraré un rostro conocido. Madre mía, he estado mucho tiempo dormida, ¿acaso no era esta la definición de “plaza”?
Por supuesto que la acampada tendrá y tiene sus limitaciones, no es cuestión de romantizarla. De hecho, otras personas con una trayectoria política más larga y profunda que la mía me lo explican. A mí y a quien quiera sentarse a pensar. Pero por ahora, para muchas que aún estamos en........
