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La gilipollas del año

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27.05.2026

Llamar gilipollas a la presidenta de Abogados Cristianos puede ser libertad de expresión. O no. Todo depende de la forma y el momento. No es lo mismo que por la calle o en las redes alguien te llame gilipollas sin más motivo e intención que el de insultarte a que una revista satírica te lo conceda como un galardón ganado por tus actividades políticas.

Sin duda, los insultos no son libertad de expresión, pero sucede que no está tan claro qué es o no un insulto. Para algunos se trata de un concepto formal: hay epítetos que lo son y otros que no. De hecho, en el Antiguo Régimen había un listado de seis palabras prohibidas, que eran las únicas consideradas auténticos insultos.

En realidad, la cosa no va así. De una parte, la creatividad humana es inagotable, especialmente en lo dañino, así que siempre habrá quien invente nuevas expresiones para lastimar. Al mismo tiempo hay palabras formalmente injuriosas que en determinados contextos dejan de serlo: cuando alguien cariñosamente llama a alguno de sus amigos cabrón o hijoputa no se trata de dañar sino de transmitir afecto. En mi tierra es una forma rara, pero frecuente de hacerlo. Más allá, palabras que normalmente no son injuriosas pueden convertirse en insultos según el tono o el momento en que se usan. Llamar a alguien ‘listo’ de manera irónica puede ser una forma de minusvalorarlo. Como dice el Tribunal Supremo norteamericano, la vulgaridad de una persona es la lírica de otra.

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Por eso, jurídicamente lo importante no es tanto la forma sino la intención. Debemos preguntarnos qué tienen de malo los insultos. La respuesta es básicamente que niegan la esencia misma de la persona. Un insulto es una........

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