La guerra contra Irán: destruir no es gobernar
Durante semanas, Israel y Estados Unidos presentaron la confrontación con Irán como algo más que una operación militar. El objetivo no era únicamente debilitar capacidades estratégicas iraníes o limitar su margen de actuación regional. La guerra formaba parte de una apuesta mucho más amplia: consolidar definitivamente un nuevo orden regional bajo la supremacía israelí-estadounidense.
Ese proyecto llevaba años tomando forma. Los Acuerdos de Abraham, la creciente cooperación entre Israel y varias monarquías del Golfo, los corredores económicos impulsados por Washington y la progresiva normalización diplomática apuntaban todos en la misma dirección. La idea era relativamente clara: integrar económicamente la región alrededor de Israel, contener a Irán y reducir progresivamente la centralidad de la cuestión palestina.
La guerra debía terminar de cerrar ese ciclo. Sin embargo, el escenario que empieza a emerger parece bastante distinto del que imaginaban Washington y Tel Aviv.
Irán ha sufrido daños importantes. Parte de sus capacidades militares convencionales han quedado debilitadas y la presión económica continúa siendo enorme. Pero el régimen no ha colapsado. Tampoco se ha producido el aislamiento regional que muchos analistas occidentales daban por inevitable hace apenas unas semanas.
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