Si la euforia durara para siempre
No fingíamos que no existiera el hambre, sino que nos daba sencillamente igual. Eso es lo mejor: vivir pegado al suelo, rozando con la tripa el asfalto, pero ignorándolo; así es como mejor se vive y se deja vivir en este orgulloso chiringuito al aire libre que debería ser y a veces es España. España, sí; se me hinchan los dedos al escribirlo hoy que puedo, antes de que los de siempre vuelvan a quedarse con el orgullo, el significado y la palabra. Y hablando de chiringuitos, fue allí donde vi el partido; concretamente, en una heladería que hace esquina con el paseo marítimo de una ciudad costera valenciana. Fue divertido; supongo que recordaré esos largos 120 minutos en la noche de mi cuerpo, cuando sea vejete y me tiemblen las arrugas.
Toda la ciudad estaba concentrada mucho más adelante de donde nosotros estábamos, en una pantalla gigante a unos 600 metros. Como no habíamos encontrado hueco y aquella noche nos creíamos demasiado señoritos para ver el fútbol de pie, nos metimos en la terraza de la heladería, donde sacaron una pantallita no muy grande para........
