¿Y si la conciliación fuese más sencilla?
En mi calle era costumbre ir de casa en casa en verano. No había campamentos, ni ludotecas y, cuando llegaban las vacaciones, o bien te quedabas en casa con tus padres (madre), o te ibas con ellos a su trabajo, o timbrabas en casa de tus amigas, en donde la puerta siempre estaba abierta y la nevera llena para recibir a mocosos a los que no había que programar ninguna actividad didáctica. Algunos afortunados incluso se mudaban temporalmente al pueblo con sus abuelos. No había más opciones. Las niñas y los niños estábamos presentes en la vida de los adultos y a nadie se le ocurría pensar que tener a dos o tres renacuajos atendiendo en la barra del bar, en el mostrador de la mercería o en la cinta del súper, era delito. En todos lados había niños y niñas porque realmente éramos muchos (en los años 90, la infancia representaba el 20% de la población; actualmente, apenas son el 12%) y ahora que casi no los tenemos y decimos que nos hemos vuelto todos muy babyfriendly, los niños se han ido esfumado de los espacios de los adultos, tanto, que a veces parecemos de especies diferentes.
En los últimos años, el fenómeno de los planes de ocio solo adultos ha calado tanto que hay celebraciones en donde no se permite la entrada de críos, no en base a ninguna protección especial, sino por la cara. Porque a mucha gente no le gustan los niños igual que a mí no me gusta la pizza con piña, y ya no les importa anunciarlo en soporte digital o en papel.........
