Vacaciones en la emergencia climática
Un grupo de turistas se queja amargamente de que su crucero por el Danubio –cuyo caudal de agua se encuentra en mínimos históricos– ha acabado convirtiéndose en una larga trayectoria en autobús. Leo la noticia y me imagino a esos señores airados gritando: ¡Paren la emergencia climática, que quiero continuar mis vacaciones!, mientras frunzo el ceño y tuerzo, a lo Valle-Inclán, la boca. El año pasado, cientos de pasajeros expresaban su ira en redes porque el Ministerio de Transportes había ordenado detener aquellos trenes cuya circulación era materialmente imposible o suponía un riesgo alto para la salud, pues las vías se encontraban muy cercanas a unos devastadores incendios. Cada verano, escuchamos historias parecidas de planes paradisíacos cancelados, viajeros estacionales llegando a playas asfixiantes debido a otra ola de calor; de tráfico cortado por alguna catástrofe de ésas que van acumulándose con motivo del incremento imparable de los gases de efecto invernadero, exactamente tal cual viene avisando la ciencia desde hace, al menos, medio siglo. Por mucho que una pueda sentir compasión por esos seres desamparados frente a los contratiempos, lo interesante del patrón que se repite es que no suele generar una........
