Un mundo sin palabras
El miedo a perder las palabras me acompaña desde que empecé a vivir en un país angloparlante. Cuando una aprende otro idioma, cada descubrimiento de vocabulario representa una puerta abierta a nuevas posibilidades en el obrar, una construcción más compleja de la personalidad y, con ello, caminos inexplorados hacia la creación de relaciones afectivas –pues rara vez dos personas se amaron en la mudez absoluta–, aunque eso conlleve como contrapartida el sufrimiento del idioma materno. Si nos pensamos desde el origen, cuando nace un bebé, aún incapaz de expresarse verbalmente, sabe reconocer a su madre por la voz; es decir, las palabras han hilado ya una trabazón insustituible hasta en quien no logra enunciarlas. Ahora bien, ¿qué ocurre al darse el proceso contrario? Que vayamos progresivamente abandonando términos en nuestros quehaceres diarios; que se nos prive de la riqueza del lexicón porque los medios y hasta distintos sectores de la cultura optan por simplificar el lenguaje bajo la falsa premisa de la popularidad; que abracemos el balbuceo de lo fácil mientras nuestras mentes van empobreciéndose, marchitas como la flor bajo la helada, no necesariamente producto del bilingüismo, sino en la mera tristeza monolingüe. Algo así está........
