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El patriarcado y el maldito gotelé

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Mi muro de Instagram se ha llenado, últimamente, de mujeres con taladros. Cada vez son más las que apañan solas sus cocinas, arreglan sus paredes, quitan el maldito gotelé y parecen disfrutar de ese mundillo de "las chapuzas". Aunque, dicho sea de paso, en su caso rara vez nos encontramos con chapuzas, sino con trabajos bien hechos.

Ahí están: mujeres que restauran muebles heredados, que colocan estanterías, que aprenden a usar una lijadora. Mujeres que transforman habitaciones enteras con una pistola de pintura y una paciencia infinita. Lo miro con fascinación y con alegría, la verdad. Nos han hecho creer que también las herramientas tienen género y que nosotras habíamos nacido para sujetar la lámpara mientras ellos la arreglaban.

Confesaré que yo soy de las que llama a su padre para colgar un cuadro y que jamás he encontrado el más mínimo interés en estas tareas, pero me gusta ver reels y reels con historias de este estilo. Después siempre me asalta la misma pregunta: ¿por qué parece que lo más habitual es que lo hagan por afición, por disfrute o por tener una casa más bonita, pero sigue siendo tan difícil encontrarlas dedicándose profesionalmente a estos menesteres?

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