Turismo sí, pero no así
En 1968, El turismo es un gran invento, de Pedro Lazaga, convirtió en comedia una transformación crucial que estaba cambiando España. El alcalde interpretado por Paco Martínez Soria viajaba a la Costa del Sol para descubrir cómo convertir su pueblo en un destino turístico. Allí encontraba hoteles, playas, turistas extranjeros y una modernidad que contrastaba con la España gris, reprimida y resignada de la dictadura. La película captó, seguramente sin pretenderlo, una realidad: el turismo fue un gran invento.
Lo fue porque abrió una economía que venía de la autarquía, generó empleo, impulsó infraestructuras y puso a una sociedad aislada en contacto con hábitos y formas de vida que el franquismo había intentado mantener fuera. Desde los años sesenta, España se incorporó aceleradamente al turismo de masas europeo. El Estado franquista no fue un espectador: promovió el sector mediante legislación, planificación, subvenciones y una política territorial dirigida a atraer inversiones y visitantes. Como explican los investigadores Macià Blázquez-Salom e Ivan Murray, el punto álgido llegó durante el desarrollismo de los sesenta y transformó especialmente el Mediterráneo, Baleares y Canarias.
El problema es que aquella alfombra roja nunca terminó de retirarse. La democracia heredó una industria acostumbrada a que crecer fuera siempre una buena noticia: más vuelos, más hoteles, más urbanizaciones, más visitantes. Durante décadas construimos infraestructuras para aumentar la capacidad de absorción turística y subordinamos demasiadas veces el territorio a su rentabilidad. Tras la crisis de los setenta,........
