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Turismo sí, pero no así

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21.08.2026

En 1968, El turismo es un gran invento, de Pedro Lazaga, convirtió en comedia una transformación crucial que estaba cambiando España. El alcalde interpretado por Paco Martínez Soria viajaba a la Costa del Sol para descubrir cómo convertir su pueblo en un destino turístico. Allí encontraba hoteles, playas, turistas extranjeros y una modernidad que contrastaba con la España gris, reprimida y resignada de la dictadura. La película captó, seguramente sin pretenderlo, una realidad: el turismo fue un gran invento.

Lo fue porque abrió una economía que venía de la autarquía, generó empleo, impulsó infraestructuras y puso a una sociedad aislada en contacto con hábitos y formas de vida que el franquismo había intentado mantener fuera. Desde los años sesenta, España se incorporó aceleradamente al turismo de masas europeo. El Estado franquista no fue un espectador: promovió el sector mediante legislación, planificación, subvenciones y una política territorial dirigida a atraer inversiones y visitantes. Como explican los investigadores Macià Blázquez-Salom e Ivan Murray, el punto álgido llegó durante el desarrollismo de los sesenta y transformó especialmente el Mediterráneo, Baleares y Canarias.

El problema es que aquella alfombra roja nunca terminó de retirarse. La democracia heredó una industria acostumbrada a que crecer fuera siempre una buena noticia: más vuelos, más hoteles, más urbanizaciones, más visitantes. Durante décadas construimos infraestructuras para aumentar la capacidad de absorción turística y subordinamos demasiadas veces el territorio a su rentabilidad. Tras la crisis de los setenta,........

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