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La heroicidad de volver a leer: a propósito de la Feria del Libro de La Habana

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23.08.2026

A los 20 años, me la pasaba comprando libros. Cada mes, en cuanto cobraba mis 160 pesos como traductor en el Instituto del Libro, salía de 19 y 10, sede del flamante Instituto, y en camino a la universidad, pasaba por la librería del Habana Libre y me apertrechaba con no menos de ocho o diez títulos recién impresos. Todos mis amigos hacían lo mismo. 

Aunque entonces no había ferias del libro, las librerías eran el más valioso compendio de cultura al alcance de la gente. En ese año 1968, una sola editorial, Arte y Literatura, publicó Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet; los Episodios de la Revolución cubana, de Manuel de la Cruz; El libro de los doce, de Carlos Franqui; Los años duros, de Jesús Díaz; el Diario de campaña, de Máximo Gómez; las Memorias de un mambí, de Manuel Piedra Martel; Aventuras del soldado desconocido cubano, de Pablo de la Torriente-Brau. Y a autores vivos y clásicos de todas partes, como Arthur  Adamov, Emily Brontë, Italo Calvino, Camilo José Cela, Wilkie Collins, Raymond Chandler, Dante Alighieri, René Depestre, Arthur Conan Doyle, Marguerite Duras, Henry James, Franz Kafka, Giuseppe Tomasi de Lampedusa, Carson McCullers, Robert Musil, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Jean Paul Sartre, Ramón del Valle-Inclán, Vincent Van Gogh, H.G. Wells, William Styron; así como voluminosas antologías de cuentos rusos y españoles, literatura fantástica, poesía africana.

Aun sin tomar en cuenta la producción de otras editoriales literarias principales, como Casa y Unión, y antes de que existieran Letras Cubanas y Oriente, en aquellas librerías se podía encontrar de todo. 

De la Editorial de Ciencias Sociales (hoy Nuevo Milenio), ese mismo año, salieron a la luz títulos como África negra, de Jean Suret-Canal; Habla Vietnam, de Wilfred Burchett; el Stalin, de Isaac Deutscher; Piel negra, máscaras blancas, de Frantz Fanon; Racionalidad e irracionalidad en la economía, de Maurice Godelier; la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, de Hegel; las Comparecencias ante el Congreso de Robert Kennedy (asesinado en junio de ese año); Pedro Martínez, un campesino mexicano, de Oscar Lewis; Los católicos y la revolución latinoamericana, de Enrique López Oliva; el Tratado de economía marxista, de Ernest Mandel; El hombre unidimensional y Eros y civilización, de Herbert Marcuse; La nueva economía, de Eugeni Preobrazhenskii; Cuestiones de método, de Jean Paul Sartre; Los primeros filósofos, de George Thomson; Las grandes culturas de la humanidad, de Ralph Turner. 

Me he extendido en estas dos listas porque, además de ilustrar la diversidad de ese compendio cultural que eran las librerías, demuestran que la selección de autores y títulos era muy rigurosa. Representan una muestra de lo mejor de la literatura y el pensamiento a fines de la década de los 60, disponible para los lectores de todos los estratos sociales, edades, intereses, a precios entre 0.50 y 3.00 pesos cada libro. 

Si recordamos que en ese año 1968 el bloqueo a Cuba en el hemisferio occidental era perfecto, con las únicas excepciones de México y Canadá, pueden los lectores imaginar la tarea formidable de las editoriales cubanas como vaso comunicante con la cultura literaria y el pensamiento social del mundo. 

La excepción, en aquel trance de fortaleza sitiada, fueron las novedades editoriales traídas a las librerías cubanas, en 1964, por Fondo de Cultura Económica (FCE), de México, y Seix-Barral, de España. Conservo todavía una Historia de la literatura alemana (breviarios, FCE), de Rodolfo Modern, y los cuentos de El llano en llamas (FCE, 1953), de Juan Rulfo; la novela Gestos, de Severo Sarduy (que ya se había ido de Cuba) y La ciudad y los perros (1963), de Mario Vargas Llosa (cuya reciente fama se acompañaba todavía por su devoción hacia la Revolución cubana), ambos editados por Seix-Barral.

Más allá de esas excepciones, los libros de editoriales extranjeras, abundantes en las librerías entre 1959 y 1965, dejaron de llegar una vez que el aislamiento de Cuba se completó en la segunda mitad de la década de los 60. De manera que, si se quería que la gente leyera y estuviera al tanto de autores y corrientes literarias, de pensadores y tendencias en las ciencias sociales y naturales, no quedaba más remedio que publicarlos aquí. 

Esta política cultural y educacional abarcaba la enseñanza superior, de manera que así surgiría Ediciones Revolucionarias, dedicada a replicar (“fusilar”, se decía) libros de texto para las universidades. Como el manual de Química, de Linus Pauling, que los estudiantes de esa carrera tuvimos la suerte de recibir en 1965.

El lector puede preguntarse, con razón, ¿qué queda de todo eso? ¿No es pura nostalgia hablar de esa edad dorada del libro en Cuba? ¿Qué tiene que ver con lo que ha pasado en la producción y el acceso a los libros desde el derriscadero del Periodo especial? ¿Qué hay en las librerías? Si uno quiere conseguir, digamos, la última novela de Leonardo Padura, ¿dónde la encuentra? ¿Y por qué no? ¿Será porque él escribe cosas que no le dejan decir a nadie en Cuba?........

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