Aprender a vivir bajo amenaza. A un cuarto de siglo del 11 de septiembre
Cierro los ojos y me veo entrando en la Biblioteca del Congreso, una mañana de otoño que no podía ser más apacible. Me acompañaba mi mujer, especialmente ilusionada por poner los pies en aquel edificio legendario, que imaginaba desde sus años de estudiante de Periodismo. Yo le anunciaba que, en la misma entrada, detrás de un vidrio blindado, nos esperaba una copia original de la Biblia de Gutenberg, el primer libro impreso con caracteres móviles en la historia de Occidente.
Habíamos asistido cuatro días al Congreso de LASA (Latin American Studies Association), y aprovechamos la hospitalidad de una vieja amiga, que nos prestó su casa en Capitol Hill, para quedarnos a visitar museos, monumentos, sitios icónicos del noroeste de la ciudad, donde se concentra la mayor parte de su brillo, o a dar vueltas sin rumbo fijo. Hacíamos turismo de bajo costo en plazas, parques, cafeterías con mesitas en la acera, por el Mall, Dupont Circle, Georgetown, Adams Morgan, donde todo queda a una distancia caminable, que es como da gusto conocer una ciudad.
Hacía ese fresquito tirando a frío propio del inicio de la estación en Washington D.C. El cielo encapotado. Hacíamos tiempo en la tienda de la biblioteca, esperando a que abrieran. Fue entonces que una empleada, con esa expresión de quien no quiere causar pánico, pero se adivina que sabe algo serio, nos pidió amablemente que nos retiráramos, porque había sucedido “a terrible thing”.
Al salir de la biblioteca, en el parque frente al Capitolio, vimos a un grupo que parecían periodistas, reunidos en torno a algunos funcionarios que iban saliendo del edificio, como escuchando explicaciones. Nadie parecía alarmado ni mucho menos se apreciaban señas de peligro. Íbamos caminando hacia el grupo, a ver si nos enterábamos de algo, cuando en eso se sintió el ruido característico de un avión.
Fue como el efecto de un pistoletazo en una manada.
El peligro venía del aire
No habíamos llegado a tiempo para escuchar lo que pasaba, pero a juzgar por el espanto ante el ruido del avión, el peligro venía del aire. Una mujer que pasó a millón delante de nosotros había perdido un zapato, pero igual había seguido su carrera como si nada.
¿Qué rayos estaba pasando? ¿Un piloto de combate había secuestrado un F-16? ¿Y ahora amenazaba con atacar el Capitolio? ¿La Casa Blanca?
Como no sabíamos el origen del pánico, éramos los únicos locos que íbamos caminando despacio, observando lo que pasaba, y en eso estábamos cuando vimos llegar a media docena de patrulleros, chirriando gomas como en las películas, y desplegándose por los alrededores del Capitolio.
No entendíamos bien qué tenía........
