menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La conga: raza, nación y control

6 0
02.07.2026

Cuba lleva más de un siglo discutiendo sobre la conga. En ese lapso, siempre ha sido una manera de hablar sobre raza, nación y sobre quién tiene derecho a ocupar la cultura y la sociedad cubanas. En ello, la conga ha funcionado como palabra corporal y sonora, y ha revelado, como pocas expresiones culturales, la tensión entre inclusión y exclusión racial en el país, y cómo ideologías distintas se inscriben en la definición misma de lo nacional.

«Conga» viene del Congo, y de millones de cuerpos arrancados para la esclavitud. Los tambores de ceremonias ancestrales —makuta, yuka, lenguas bantúes— llegaron con esos cuerpos y esas cadenas. Fue, quizás, la comparsa de barrio la que le dio nombre al género en los años cuarenta, cuando el mambo conquistó Nueva York. Pero, antes, es una metáfora de la historia de Cuba, de supervivencia cultural y social en el idioma del expropiado.

En la colonia, el cuerpo esclavizado no tenía cuerpo propio más que una vez al año, en las fiestas de Reyes. Aprendió a moverse de otra manera. A ocupar espacio, moviendo mucho el cuerpo, como hace la conga, como hace ahora el reparto. El merengue caribeño guarda esa memoria: el andar cautivo, los pies casi sin despegarse del suelo. La conga es parte de esa herencia: la de la memoria del cuerpo.

En otra conga viralizada antes, en 2022, en Santiago de Cuba, uno de los que cantan aparece vestido de pirata, con collares. Es otra marca de memoria. La del «proletariado atlántico» descrito por Marcus Rediker, que tuvo en Santiago de Cuba una de sus zonas de tránsito en el Caribe.

Nacidas de esa violencia fundacional, las congas expresaron casi siempre sus propias violencias. En 1912, las comparsas «El Alacrán» y «Los Gavilanes» se encontraron en San Lázaro y Belascoaín, en La Habana. Hubo tres muertos. El alcalde las suspendió. En........

© OnCuba