Cuando el combustible falta, la vida se detiene
En Cuba, la escasez de combustible ya no es un problema de la economía, sino una realidad desgarradora y cotidiana que se ha infiltrado en casi todos los poros de la sobrevivencia familiar. Se manifiesta en los trayectos que no se hacen, en los productos que no llegan. Es una carencia que condiciona cada detalle de la vida diaria, mucho más allá del apagón de horas y horas, y atraviesa todo el país, desde el campo hasta la ciudad.
El impacto se ve en el campesino, pequeño o mediano agricultor, cooperativista o en los trabajadores agrícolas contratados que se levantan antes del amanecer para atender los sembrados de arroz, de plátano o de frijol. Gente que ha pasado la vida trabajando la tierra, cuidando cada cosecha con paciencia. Puede estar ocurriendo que muchos de ellos tengan la producción lista, pero no tengan cómo llevarla a los mercados, principalmente a La Habana. El camión está parado.
El mercado agropecuario o el carretillero que vende en moneda nacional espera, pero la mercancía no llega. El esfuerzo de meses se queda varado en el campo, y con él se pierde también el ingreso de quienes dependen de esa venta para sostener a sus familias.
Lo mismo ocurre en la ciudad. Hay bodegones privados que no pueden reabastecerse. Hay empresas de paquetería y plataformas de venta online que no pueden cumplir rutas ni entregas. Hay transportistas privados detenidos. Hay contenedores llenos de alimentos almacenados en los puertos; proteínas que corren el riesgo de echarse a perder. Todo detenido, todo en pausa, todo dependiendo de algo tan elemental como que un motor pueda........
