Ricardo Gil Otaiza: Un ángulo perfecto
Opinión.- Todo le era ajeno en este mundo, excepto la presencia de un libro, y no lo podía evitar: una extraña compulsión lo llevaba a pensar siempre en función de lo que leía y de lo que los otros leían y, si bien es cierto que nada de esto luciría en apariencia negativa, en él se fue tornando en algo así como un “toque de locura” que lo llevaba a explorar su realidad y la de los demás en función, siempre, de las páginas impresas.
Y no fue una situación que llegó a él o emergiera de golpe, sin que menos lo sospechara, en plena juventud o adultez, sino que nació con ella, o esto presume, porque se recuerda muy pequeño, de tres o cuatro años, sacando los libros de los pocos libreros que había en su casa y se daba a la pueril tarea de leerlos oa fingir que los leía sin conocer todavía la escolaridad (y mucho menos las letras), y no porque imitara a los adultos (esto podría alegar y, de hecho, lo alegaban los psicólogos infantiles para entonces), porque en su casa no eran muy dados a perderse en aquellos tomos ya algo desvencijados y polvorientos, con tapas pulverizadas por la inquina de la polilla y las termitas, descoloridos en sus tapas, desprendiéndose a pedazos, que solo cumplían la función de meros objetos decorativos y dejaban ver una cierta cultura literaria que para nada existía.
Bueno, démosle un nombre al personaje, porque todo ser, aunque sea fantasmal, tiene derecho a ser nombrado e........
