La bota, el cerro y la muerte
“Es bien resistente, no se rompe”, dice la casera mientras muestra su “bota” de caucho negro, el mismo material de las llantas. Tiene forma de olla, con orejas por donde pasan sogas conectadas a poleas y a un motor que la sube y la baja. Todo se vende ahí mismo, en un puesto idéntico a otros cincuenta que rodean la falda trasera del Cerro Rico.
Los puestos tienen todo para montar minería artesanal —o, siendo precisos, irresponsable, cuando no ilegal—incluyendo explosivos. Todo a la vista se ofrece sobre mesas cubiertas de plástico azul. Allí se alinean bolsas de coca, botellas de alcohol, ordenadas de mayor a menor, bandanas que reemplazan máscaras para filtrar polvo y gases, guantes de goma, cascos sin lámpara, botas amarillas, velas y linternas a pilas. Un Equipo de Protección Persona (EPP) criollo, todo, menos protección real.
En cada puesto el “kit” de minería artesanal difiere en pequeñeces. Recuerdan los quioscos temáticos armados cuando llega la Navidad, Año Nuevo o Carnaval. Todos con productos idénticos en forma y calidad. La única diferencia la hace la capacidad de regateo de cada tendero.
Así es el auge minero en el cerro rico de Potosí.
La bota mide poco más de un metro de alto y 80 centímetros de diámetro. Cabe solo un cuerpo delgado. Como el de los jóvenes que esperan, espalda contra la pared, a ser elegidos al final de la fila de quioscos, como si fueran otra mercancía del mismo mercado. Muchos no pasan de los veinte, pero la mirada carga hasta dos vidas sobre sus escuetos hombros. Entran al amanecer y salen de noche. Si el acuerdo es bueno, ganan 120 bolivianos al día.
Cada bota ingresa al cerro llevando a este minero en creación vestido con un remedo de EPP. El trabajo es simple y brutal, picar la pared hasta llenar la bota. Enviarla arriba. Repetir. Sin pausa. El túnel es tan estrecho como la propia olla de caucho; el cuerpo se aplana contra la roca hasta casi desaparecer en ella para poder conseguir la faena. El material sube, se acumula, se carga en carretillas y luego en camiones hacia ingenios alineados a la vera del camino. Solo después del procesamiento se sabrá si esa tierra traía plata.
La mayoría de los días terminan en agotamiento. Al día siguiente, lo mismo. Pero hay otros en que la oreja de la bota cede, el peso vence, y cae. Si hay suerte el minero sale con vida al haber conseguido asir de una soga. Y si no lo logra, morirá de asfixia enterrado en vida. El contratista y operador de la polea y la bota, cerrará el socavón vertical y comenzará uno casi al lado sin mirar atrás.
El Cerro Rico no ha dejado de tragar vidas. En 2025 se reportaron 123 fatalidades. Cuántas más quedan en silencio es otra historia. La precariedad y el desprecio por la vida igualan la tragedia minera desde la colonia hasta hoy.
