Antro de ‘trofonios’
Después del hombre vuelve la cueva, parece querer decirnos Bruno Latour en su ensayo sobre la condición actual de la humanidad. Algo que como pudimos apreciar con anterioridad ya adelantara el filósofo Blumenberg. En esto podría resumirse el participado devenir de aquélla en su lugar; ‘antro’ como cueva, y ‘antropo’ como el habitante de la misma, hacen de nuestra tierra el adecuado refugio de todo cavernícola ser. Y por lo mismo, el antropoceno habrá de constituir aquella era geológica en la que sin duda alguna se ha manifestado el reinado de la especie homínida capaz de imaginar la posibilidad de una realidad paralela mediante la proyección de la sombra en el interior del pétreo muro, para posteriormente descubrir la luz externa, primero tenue y atemperada de la noche estrellada y, finalmente, cegadora del astro rey en su régimen diurno. Como así también el efecto derivado de su duplicación especular en el calmado elemento acuático. Son dos soles, dos lunas, y la infinitud estrellada acotada por la longitud finita del charco, del lago, cuya profundidad resulta insondable hasta que nos metemos en él haciendo desaparecer su magia.
Cada uno de estos elementos toma presencia en el atardecer del anacrónico y caído conjunto monumental de la Ciudad/Iruña. Y para conjurar su efímera condición mágica a toque de corneta se ha reunido una magna asamblea de “trofonios” cuya única ambición parece consistir en arrebatarle al rey de la idea de contar con un secreto refugio adecuado para la localización de su preciado tesoro. En dicha trampa han........
