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La primavera ha venido

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sunday

Lo recordaba atónito Antonio Machado al contemplar las flores de San José (Primula vulgaris), sin encontrar una explicación de la llegada, en su lógica sencilla y musical de octosílabos de rima consonante. 

Quizás percibía su sangre alterada. Hoy los psicólogos le habrían explicado que se debía a los cambios en la luz y los ritmos circadianos en la regulación neurobiológica del ánimo y la activación; a modificaciones en el sueño, con más reactividad e impulsividad en algunos perfiles, y a cambios en los hábitos sociales, con más interacción, más estimulación y también más posibilidades, en minorías vulnerables, de riesgos de descompensación afectiva y conductual. Total, que el poeta no se habría preocupado por la llegada de la primavera y nosotros nos habríamos quedado sin aquellos pareados que silabeábamos en clase de Literatura con el Hermano Gregorio, Palizas.

Otra manifestación de esta época son las procesiones, pero no me referiré ahora a los legionarios, los tronos, cofradías inclusivas o no, nazarenos, romanos, costaleros, penitentes, músicos civiles disfrazados o militares uniformados, que despiertan especial interés entre algunos creyentes y, sobre todo, entre los hosteleros, sino a las de las procesionarias del pino (Thaumetopoea pityocampa), esas orugas, voraces defoliadoras, que nacen en unas bolsas blancas en las ramas de los pinos o cedros, pero con especial querencia por el pino laricio (Pinus nigra). Migran de los árboles, descienden por el tronco hasta llegar al suelo y se desplazan reptando, en largas hileras que semejan una procesión, dirigidas por una oruga que dará lugar a una mariposa hembra, con la cabeza escondida en el trasero de la que le precede, protegidas unas por otras. Esa cabeza ausente de púas es el plato preferido de muchos pájaros insectívoros como el herrerillo (Cyanistes caeruleus) o kaskabeltz.

La procesión se detendrá en un lugar soleado donde se enterrarán enrolladas para no dejar ninguna cabeza al descubierto y proseguirán con su transformación a crisálida, el alimento preferido de las abubillas (Upupa epops) o argi ollar.

Esa curiosa y llamativa forma de trasladarse es la que va a llamar la atención y va a dar más de un susto a los niños que pretenden jugar con ellas, y a los perros que acompañan a sus dueños en los paseos por el monte y curiosean demasiado cerca porque esas orugas tienen su cuerpo cubierto de pelos urticantes impregnados de una toxina termolábil denominada Thaumatopina, similar a la que presentan las ortigas. Se trata de un mecanismo de defensa primario, común a otras especies.

Estos pelillos se desprenden y flotan en el aire alrededor de la oruga y, por contacto, pueden provocar irritación cutánea, inflamación de la lengua y la cavidad oral, hipersalivación, vómitos y, en los casos más graves, necrosis lingual o dificultad respiratoria en personas y animales. Si esto ocurriera, es recomendable retirar los pelos en la zona afectada con la ayuda de unas pinzas o de cinta aislante (no usar las manos). Lavar la zona con abundante agua, a ser posible caliente. Evitar rascarse o frotarse la zona afectada. 

La intervención médica o veterinaria precoz –preferiblemente antes de las seis horas posteriores al contacto– mejora notablemente el pronóstico clínico. Para las mascotas, acaba de salir al mercado un spray que alivia los síntomas y se puede aplicar directamente en las mucosas.

Nocturna de color parduzco para evitar su depredación por las aves diurnas y algunos carnívoros. De efímera existencia, cuya única actividad conocida es aparearse y poner sus huevos fecundados la misma noche del apareamiento, sobre las copas de los árboles, formando puestas muy características en forma de espiral alrededor de una o dos acículas. Cada puesta puede contar con entre 100 y 300 huevos que la hembra protege mediante la colocación de escamas de su propio cuerpo, antes de morir.

Al mes nacen las larvas a las que nos hemos referido al señalar su desplazamiento y se inicia el ciclo vital del insecto, que finalizará el siguiente verano y, en algunas ocasiones, con una demora –diapausa– de hasta cuatro veranos como consecuencia de condiciones meteorológicas adversas predecibles, con la aparición de nuevas mariposas. Es en esta última fase del ciclo donde las trampas de feromonas que están aplicando ahora en bosques y jardines son efectivas.

El principal efecto dañino de esta especie no es la defoliación causada, por la que no morirá el pino, sino el posible daño a personas, sobre todo a los niños​ y mascotas. Es más un problema de salud pública, que una plaga forestal. 

El pasado mes de febrero, la revista Ecosphere (vol. 17, nº 2), publicó el artículo de un equipo de investigadores de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) y la Universidad de Huelva, encabezado por el Dr. D. Jacinto Román, titulado Depredación oportunista de mamíferos carnívoros sobre hembras de la procesionaria del pino, Thaumetopoea pityocampa, en el que dan cuenta por vez primera, que el zorro rojo (Vulpes vulpes) y la garduña (Martes foina) consumen las mariposas de la procesionaria del pino.

El trabajo identifica un comportamiento que no se había descrito hasta ahora y que introduce una vía adicional en la dinámica de esta especie. Además, sitúa ese consumo en un punto del ciclo que hasta ahora quedaba fuera del foco.

Los indicios aparecieron al revisar restos biológicos de estos oportunistas recogidos en campo, donde el análisis de excrementos evidenció huevos de procesionaria junto a pequeñas escamas que las hembras utilizan para cubrir sus puestas, evidenciando la limitada dispersión y actividad terrestre de las mariposas, que las convierte en presas accesibles para éstos.

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