El riesgo de no cantar el himno
La semana pasada, la negativa de varias jugadoras de la selección femenina de Irán a cantar el himno de su país -o hacerlo otro día con un gesto militar que reforzaba la idea de obediencia- ha repercutido de forma drástica en la vida de todas ellas. Algunas han pedido asilo político en Australia y otras están en proceso de regresar a Irán, con el temor a posibles represalias contra ellas y sus familias. Esta semana eran los informativos generalistas, y no los deportivos, los que actualizaban la situación de estas futbolistas. Como si, en el momento en que el fútbol se convierte en disidencia política, dejara automáticamente de ser considerado deporte.
Cantar el himno es un ritual, una coreografía televisiva, que tenemos completamente naturalizada. Forma parte de la liturgia del partido. Pero en determinados contextos, ese acto pasa a convertirse en una prueba de lealtad. No solo ocurre en Irán. En España también se ha observado a futbolistas con lupa, escrutando su mirada o sus manos para ver si se apreciaba algún signo de irreverencia. Lo que puede parecer un detalle menor adquiere otra dimensión cuando ese instante puede determinar el resto de sus vidas. Para las jugadoras iraníes, aquellos segundos ante las cámaras se convirtieron en un mecanismo de coerción y tenían que elegir si se sometían o se rebelaban ante un régimen cruel e implacable con las mujeres.
El periodismo deportivo ha tendido a defender la fantasía del deporte despolitizado. Un territorio de simple competición donde solo cuentan los resultados. Pero jugar con el escudo de un país en el pecho, defender una bandera y cantar un himno son actos políticos. En pleno conflicto bélico de Irán, sus jugadoras son usadas como soldados. La neutralidad es una ilusión narrativa, sobre todo cuando se cuestiona al poder.
Por eso conviene evitar la tentación televisiva de convertir a estas futbolistas en heroínas de un relato de simple resistencia contra el régimen de su país. La realidad es mucho más peligrosa y frágil. Todas tienen familia en Irán, están sometidas a presiones y deben tomar decisiones bajo una enorme incertidumbre. Más que un gesto épico, estamos ante la vulnerabilidad de unas deportistas atrapadas en un conflicto. Un gesto mínimo -mover los labios durante el himno- puede tener consecuencias irreversibles cuando el fútbol funciona como un escaparate del poder.
