Recordando
Recuerdo que ese lunes el barrio entero se estremeció. Los relojes marcaban las cinco y media de la tarde cuando todos corrían en la misma dirección; las miradas, de propios y extraños, estaban puestas en la carrera 49 con la calle 100, en el barrio Santa Cruz. Acababan de asesinar a Jaime, el barbero más reconocido de aquel sector de la ciudad. Su cuerpo diminuto quedó boca abajo, remojado en su tibia sangre, a un lado de la silla giratoria donde atendía a sus clientes. En los rostros de vecinos, amigos, familiares y curiosos se reflejaba un mar de dudas; dudas que irían creciendo y entretejiéndose hasta formar un relato, o muchos relatos, acerca de la muerte de Jaime.
Usando la misma barbera —milimétricamente bien afilada, con la que embellecía a la humanidad quitándole algunos pelos de más—, Jaime fue asesinado. Con la yugular rota se esfumaron todos los sueños de aquel recordado personaje, quien a pesar de las vicisitudes siempre saludaba y se despedía con una fugaz sonrisa.
La policía llegó al lugar de los hechos, apartó a los curiosos y empezó a preguntar si alguien había visto o escuchado algo. En medio del tumulto un hombre de mediana estatura, tez trigueña, contextura gruesa y ojos tristes musitó:
—yo pasaba por aquí, por el andén del frente, cuando escuché una leve........
