El calendario de contenidos clásico ha muerto y nadie tenía un obituario preparado
Hubo un tiempo en el que la gente se iba de vacaciones y los backups funcionaban perfectamente.
Cuando hacía prácticas, recuerdo una máxima del periodismo local de Córdoba para cuando llegaba el verano: «No me llaméis a no ser que se caiga la Mezquita», nos decían algunos compañeros. Era una forma de decir que, en verano, para que algo alterase de verdad la tranquilidad informativa tenía que ocurrir algo extraordinario. La frase sonaba entonces a exageración periodística. Hasta que la realidad, de vez en cuando, se empeña en demostrar que la ficción también se queda corta. El año pasado, un incendio en la Mezquita nos conmocionó a todos y, en aquella ocasión, seguro que sí sonaron los teléfonos.
En los medios de comunicación siempre han existido los llamados temas de nevera: reportajes que no dependían de la actualidad inmediata y que podían esperar tranquilamente a que llegara su momento. Hoy la actualidad no espera. Ni siquiera en agosto. Y, visto lo visto, casi da la sensación de que las esquelas son las únicas noticias que siguen respetando los tiempos de cierre.
Desde la pandemia vivimos instalados en una especie de alerta permanente. Y mientras intentamos entender qué demonios está pasando, las plataformas han descubierto que la atención funciona especialmente bien cuando estamos preocupados. Las televisiones lo saben. Las redes también. Cebos, avances, última hora, actualizaciones, clips, más avances y otra última hora. Todo convenientemente troceado para que nunca terminemos de salir del estado de incertidumbre. Podríamos abrir aquí otro melón y preguntarnos si realmente vivimos en una sociedad más apocalíptica y crispada que hace unas décadas, en un........
