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Sin fricción

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07.04.2026

07 de abril 2026 - 03:07

Este año me quedé en casa. Vivir en Málaga tiene el aliciente de que es el lugar al que todos quieren venir y nadie quiere irse sin conocer su Semana Santa. La mala suerte es que pertenezco al grupo de los que no sienten demasiado entusiasmo por esta tradición fundamental de nuestra ciudad, a la que además cambia de arriba abajo por unos días.

Es un debate más complejo de lo que parece: Por un lado, está su extraordinario valor cultural y artístico, que es, sin duda, uno de sus elementos fundamentales de su atractivo único. Por otro, en él se mezcla su papel como tradición en el modelo de ciudad que somos o que queremos ser. Además, a ello se une, la coyuntura política del momento y, desde luego, la dimensión económica que representa para el turismo, industria fundamental de la ciudad. Sin embargo, como fiesta popular que es, lo fundamental es ver y escuchar cómo la vive la gente. Luego, claro está, surgen los debates eternos sobre la participación, los recorridos, las sillas particulares, las cofradías, el que ya no se puede ver cómo antes, la privatización de la Semana Santa, los resultados económicos…

Ante esta difícil disyuntiva y, si están en mi bando, la mejor solución sea la tesis que les propongo de una ‘Semana Santa sin fricción’, inspirándome en ‘Quedarse en casa’, un artículo de Tamara Tanenbaum donde afirma: ‘El origen verdadero de la metáfora de la fricción (tal como la usan hoy los críticos culturales que hablan de “una vida sin fricción” como el ideal contemporáneo) es, por supuesto, la física: la fricción es esa fuerza que impide que las cosas se deslicen con suavidad, ese roce que va desgastando los objetos. De ahí, la metáfora pasa primero a la economía, y luego a la tecnología: la fricción como esos costos (de tiempo, de dinero) que entorpecen los intercambios, o como esos clics de más que hay que hacer en una aplicación y traban tu experiencia de usuario. En su aplicación a la vida cotidiana, creo que la mejor imagen al respecto la leí en El primer hombre malo, de Miranda July, mucho antes de todos los ensayos sobre cómo esa aspiración a una existencia sin desgastes está destruyendo el mundo. Parece, pues, que hay una tendencia: ‘Hoy, en cambio, es cada vez más fácil elegir la homogeneidad, juntarse solo con gente que ha elegido los mismos caminos para no tener que resolver nada’. Ante la frase inmortal de Pascal, “La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación”. Al contrario, nada mejor que, como en casa en ninguna parte.

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