Preámbulo al 6 de Agosto: la patria de las identidades
Bolivia nunca ha sido un país fácil de explicar. Tal vez porque jamás fue una sola nación en el sentido clásico, sino un territorio donde conviven tiempos distintos, memorias distintas y maneras diferentes de entender el mundo.
Mientras otros países construyeron una identidad relativamente uniforme, el nuestro aprendió a existir entre superposiciones, contradicciones y encuentros. Quizá por eso el concepto que mejor la define no sea el de una identidad nacional única, sino el de múltiples identidades que se entrecruzan sin dejar de conservar su singularidad.
Durante 20 años, el poder intentó convencernos de que esa diversidad le pertenecía. La convirtió en un relato oficial, en un patrimonio político y en un instrumento de legitimación. Como si antes de ese proyecto no hubiera existido una Bolivia indígena, mestiza, criolla, amazónica, chaqueña, valluna o altiplánica.
Como si la pluralidad hubiese sido descubierta desde el pseudo Estado Plurinacional y no hubiera acompañado al país desde el nacimiento de la República. Se administró la identidad como se administra un ministerio: con discursos demagógicos, ceremonias chapuceras, símbolos y consignas improvisadas. Se confundió el reconocimiento con la propaganda y la reivindicación con la rentabilidad política.
Pero las identidades nunca fueron propiedad de un gobierno. Existían mucho antes de cualquier Constitución, de cualquier reforma o de cualquier caudillo desclasado pretendiendo atornillarse a la silla del poder. Estaban en las lenguas, en las fiestas, en las formas de producir, de creer, de celebrar y de nombrar el mundo.
En los mercados y en las minas, en los valles y en el altiplano, en las misiones chiquitanas y en las comunidades guaraníes. Eran diversas precisamente porque eran naturales. Nadie las diseñó desde un escritorio ni las decretó desde un Palacio.
René Zavaleta Mercado, sí, voy a continuar machacando con Zavaleta, comprendió esa realidad con una lucidez que continúa iluminando el presente. Cuando habló de la sociedad abigarrada no describía simplemente un país diverso. Describía una estructura donde distintos tiempos históricos conviven simultáneamente, donde economías modernas y precapitalistas, culturas ancestrales y urbanidades contemporáneas, formas de poder tradicionales y republicanas se superponen sin terminar de fundirse ni........
