Violencia
La corrupción que no sale en los sumarios es la más letal: la que pudre los valores que sostienen la democracia desde dentro.
¿Quién ha dicho que la violencia no sirve para nada? La historia de la humanidad es, en buena medida, la historia de la violencia. Los imperios se levantaron por la fuerza, las fronteras se trazaron con sangre y el poder casi siempre terminó imponiéndose desde la superioridad del más fuerte.
Desde Alejandro Magno hasta Gengis Kan, desde la conquista de América hasta el terrorismo de ETA, el hombre se ha regido por la violencia. La mala violencia, dirán los moralistas. Porque también existe una violencia considerada legítima: la del Estado democrático. A esa la llamamos "violencia legítima de Estado" porque una comunidad humana ha decidido someterla a reglas civilizatorias. Es decir, porque hemos aceptado limitar la fuerza mediante leyes, instituciones y principios éticos que distingan la autoridad de la barbarie.
La ética - esa facultad humana que nos permite discernir entre lo correcto y lo incorrecto - ha sido precisamente el intento de la civilización por contener la violencia arbitraria. Un esfuerzo imperfecto, pero imprescindible, para convivir sin quedar sometidos a la ley del matón.
Y no viene a cuento esta reflexión por el comportamiento pendenciero de Trump. Lo suyo resulta tan grotesco y tan obsceno en un mundo dotado de derecho internacional, que a veces hay que frotarse los ojos para comprobar que no estamos ante un personaje de Torrente. Pero no: ahí está cada día, como un César de opereta con pulsiones de manicomio, poniendo en riesgo el equilibrio........
