El navío
Los cañones funcionando con el incendio en la Devesa del Saler al fondo / Levante-EMV
Desde hace unos días no puedo dejar de pensar en un barco. No sé demasiado de barcos. Tampoco sé demasiado de incendios forestales, de puestos de mando avanzado, de la UME o de cómo se organiza a decenas de personas cuando un bosque comienza a arder. Supongo que, por eso, cuando el incendio de la Devesa llegó tan cerca de El Saler, hice lo único que sé hacer con alguna perseverancia: preguntar. Preguntarme, por ejemplo, cómo un incendio advertido casi desde su comienzo, con cerca de un centenar de avisos de vecinos y un parque de bomberos a pocos minutos, pudo crecer hasta obligar a evacuar el pueblo. Preguntarme si quienes dirigían el operativo sabían que el viento iba a cambiar. Aemet, según hemos sabido después, lo había anunciado. Y si lo sabían, preguntarme qué significa exactamente saber que el viento va a cambiar. Porque quizá una cosa sea disponer de una información y otra muy distinta saber qué hacer con ella.
Es entonces cuando aparece el barco. Platón imagina en la República un navío bastante extraño. Su propietario es fuerte, pero no sabe demasiado de navegación. A su alrededor, los marineros se disputan el timón. Cada uno piensa que debería gobernarlo, aunque ninguno ha aprendido realmente el arte de navegar. Intrigan, persuaden, se enfrentan entre ellos, y........
