La sinrazón de la guerra no caduca
Unos niños juegan alrededor de un misil iraní sin explotar caído en las afueras de Qamishli, en el este de Siria, este jueves. / DELIL SOULEIMAN / AFP
Cuando el cada vez más enjuto Pedro Sánchez mentó hace unos días al trío de las Azores y recuperó el lema de ‘No a la guerra’, rejuvenecí más de veinte años. Me trasladé a una tarde noche casi primaveral de 2003 empujando un cochecito de bebé en el que mi primogénita asistía, sin saberlo, a su primera protesta ciudadana. Aquella familia que empezábamos a ser tomó la plaza del pueblo, como miles de vecinos en otras ciudades, para manifestar un ‘no’ rotundo al envío de tropas españolas al polvorín de Oriente Próximo. Fue un grito de rechazo unánime a la operación militar urdida por Estados Unidos para buscar unas inexistentes armas de destrucción masiva. Todo aquel despropósito, que tan caro nos costaría, llevaba el sello de George Bush hijo, Tony Blair y José María Aznar. Las funestas consecuencias que dejaría aquella mentira ni siquiera podíamos intuirlas.
Un año después, volveríamos a las calles para enarbolar banderas contra la barbarie del terrorismo y la manipulación política. Esta vez, estábamos rotos, consternados por el brutal atentado yihadista del 11M en cuatro trenes de Madrid, cuya factura resultó monstruosa: 192 fallecidos y más de 1.800 heridos. Con las imágenes en la retina del infierno sufrido en aquellos vagones, salimos a soltar nuestra rabia, nuestro dolor y, sobre todo, nuestro rechazo al belicismo como vía para resolver cualquier tipo de conflicto. Aquel horror que estamos sufriendo era la mortal factura que nos dejaba un grupo de fanáticos extremistas del islam por la invasión de Irak unos meses antes.
En este marzo de 2026, la niña de aquel carrito anda liada con el trabajo de fin de máster, mientras el mapa del mundo no para de acumular más polvorines. Las masacres, los genocidios y los exterminios se suceden desde Europa a Oriente Medio en una escalada de violencia que solo anticipa mayor dolor en regiones históricamente muy castigadas. La onda expansiva de los misiles es impredecible con las alianzas geoestratégicas que se tejen en el enrevesado orden mundial del siglo XXI. No hay quien entienda nada. Lo que no cambia es el deseo de la gente común y corriente de no verse arrastrada a ninguna guerra. Pero ¿quién escucha a la ciudadanía? En tiempos de Inteligencia Artificial por los cuatro costados, no estaría de más rescatar las genuinas inteligencias, la racional y la emocional. Por no hablar del sentido común de algunos mandatarios mundiales. No hay más que ver la instantánea de Donald Trump ¿orando? en el despacho oval. Más parecía un fake. Ayer, en las calles, las mujeres del 8M clamaban a favor del feminismo, pero también contra el imperialismo y el colonialismo. Más de dos décadas después, así estamos aún. n
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