Matar al padre
Juanfran Pérez Llorca y Carlos Mazón en una imagen de archivo. / EFE/ Ana Escobar
Coincidiendo con los cien días de Juanfran Pérez Llorca como presidente de la Generalitat, el TSJ-CV decidió que no había motivos para investigar a Carlos Mazón por su gestión de la dana. Esa resolución se interpretó inicialmente como un balón de oxígeno para el actual jefe del Consell porque evitaba al partido el desgaste que habría supuesto ver a su antecesor desfilando por los juzgados. Sin embargo, como es sabido, Mazón acabará declarando aunque como testigo. En realidad, el alto tribunal no hizo ningún favor al jefe del Consell al dejarle sin coartada para algo que seguramente desea y mucho: matar al padre. Ese concepto freudiano, que alude a romper simbólicamente con la figura de autoridad para ganar autonomía, resulta especialmente sugerente aplicado a la política. Y la hemeroteca ofrece variados ejemplos.
Mazón ya está políticamente muerto: la comida del Ventorro hizo trizas su legado; pero el fantasma ocupando escaño en las Corts es un problema. Y es que nunca ha sido fácil desentenderse de quien te apadrinó. Francisco Camps, a quien Eduardo Zaplana eligió como sucesor porque creía que le seguiría rindiendo pleitesía —era, decían los zaplanistas, el conseller más pelota—, intentó cortar por lo sano al entrar al Palau cambiándose de número de teléfono. Rompió la comunicación, pero no se libró de una guerra fratricida en el PP. El problema para su sucesor, Alberto Fabra, fue otro: desligarse de su verdadero progenitor político, el todopoderoso Carlos Fabra.
Mazón, en cambio, tuvo el camino allanado. Su antecesora, Isabel Bonig, ni era su mentora ni se interpuso. Sabía que su partido ya no la quería, se apartó y renunció al incómodo escaño donde muchos se atrincheran. Pero también pasó por su propio ajuste de cuentas al tener que renegar de quien fue clave en su ascenso: la exalcaldesa, Rita Barberá. Un trance doloroso, según ella ha contado. Y es que matar al padre suele ser inevitable. En ello parece estar ahora la socialista Diana Morant, que apenas comparte espacios con Ximo Puig, y el propio Compromís en su duelo intermitente tras dejar caer a Mónica Oltra.
Porque, al fin y al cabo, matar al padre —o a la madre— tiene mucho de psicoanálisis, pero también de lealtades intercambiables y biografías reescritas sobre la marcha. De momento, estos primeros cien días de Pérez Llorca arrancan (polémica por la contratación de su pareja en la Diputación de València aparte) como los anteriores: en el diván y con la presencia incómoda de un cadáver mediáticamente muy vivo.
