La disputada herencia de Pérez Casado
Júlia Blasco, con el libro, el hijo de Pérez Casado con Pilar Bernabé, Mª José Ferrer, Joan Ribó y concejales del PP, PSPV y Compromís. / García-Poveda
Las ciudades necesitan autoestima. También sus historias, leyendas, rincones y personalidades, como recoge buena parte del viejo callejero. València anda escasa de amor propio, más allá de ese rancio folclorismo de pasodoble, fruto de un sustrato agrícola que riñe con la modernidad. El mismo que combatió, con genio racional, Ricard Pérez Casado, evocado ahora de forma póstuma.
El Salón de Cristal de la Casa Gran acogió el jueves la presentación oficial de la autobiografía de Pérez Casado sobre el periodo 1945-1975, Agraït amb la vida (Balandra), en cumplimiento de un compromiso adquirido por la alcaldesa, María José Catalá, con la viuda, Júlia Blasco, aunque una reunión de última hora en Madrid impidió su presencia, que ocupó con estilo María José Ferrer San Segundo. Se dieron cita, además de familiares, amigos y antiguos compañeros de corporación, la delegada del Gobierno, Pilar Bernabé; el exalcalde Joan Ribó; y concejales de todos los grupos, excepto los apóstoles de Trump. Es decir, estuvo representada la inmensa mayoría de un vecindario que estima la pluralidad y la diversidad de esa València que Pérez Casado proyectó en tecnicolor: respetuosa, tolerante, culta, europeísta y abierta a la mediterraneidad, ese concepto abstracto al que necesitamos dar forma inmediata para asegurar nuestra supervivencia.
Más allá de la brillante presentación del amigo y confidente Joan Romero —“una obra imprescindible para entender este tiempo”, apuntó—, conviene destacar que el ambiente era solemne, muy afrancesado, en el buen sentido, pues nadie como el país vecino para exaltar a los buenos servidores públicos. Como es bien conocida nuestra endógena tendencia a encaramarnos al pedestal de palleter, ayudaba mucho el entorno de la antigua sala de baile, de estilo renacentista, para sentirse transportado a un acto de trascendencia. Y así fue.
Sin embargo, y ojalá me equivoque, más aún tras el anuncio de Mónica Oltra de concurrir a la alcaldía, salí con el convencimiento de haber asistido al último acto, en muchos meses, de representación colectiva. Pérez Casado y Júlia Blasco, pero sobre todo esa València rescatada de su etapa más gris, lo merecían. Ahora solo falta aplicar el sentido común que deja su legado, que, como recordó Romero, se basa en la defensa de los valores democráticos, la igualdad y la justicia social. Ese es el reto de Catalá, Bernabé y Oltra, también como ciudadanas comprometidas y enamoradas de València: insistir en una solución definitiva para la colapsada movilidad metropolitana y para el urgente acceso a la vivienda. Para ser agradecidas, como lo fue en vida Ricard Pérez Casado.
La reconexión de la Universitat de València
Joan Romero sostiene que la autobiografía de Pérez Casado es una ampliación de La ciutat de València, de Sanchis Guarner, una referencia de la alcaldesa Catalá, según me consta. El mestre Sanchis fue profesor de la Universitat de València, que tiene nuevo rector, Juan Luis Gandía. No se puede entender el Cap i Casal sin su Estudi General, una de las instituciones académicas más antiguas de Europa. Tras una campaña alterada, por decirlo suavemente, llega el momento del compromiso universitario para que la UV vuelva a desempeñar el papel predominante que merece y que había ido perdiendo por culpa de un aulario laberíntico, cada vez más alejado de la realidad. Hay culpables con nombres y apellidos, empezando por la predecesora de Gandía y su entorno, pero el mejor favor que podemos hacernos es pasar pantalla.
El nuevo rector llega con un equipo potente y con las cosas claras, pero no debería olvidar que sin València no hay Universitat.
El papa León XIV con Francisco Camps, el miércoles en Roma. / L-EMV
El PP en general, y el PPCV en particular, tiene un problema con Francisco Camps. Parece mentira que nadie lo viera venir, porque Camps no engaña y, cuando reclamó su reincorporación a la vida política de su partido, iba en serio. Alguien en Génova pensó, equivocadamente, que se iría enfriando, pero ha sucedido justo lo contrario. Esta semana se ha ido hasta Roma para ver al papa León XIV y reivindicar el vigésimo aniversario del Encuentro Mundial de las Familias, cuando, según él, València fue durante unas horas el centro de atención de todo el mundo católico. Fue al Vaticano para entregarle el álbum de recuerdo con la portada de Benedicto XVI. Lo que seguramente no le dio tiempo a decirle al pontífice es que aquel encuentro acabó en los juzgados y con condenados, y que fue presentado para todo el mundo por Maribel Vilaplana y el ahora “felizmente divorciado” Xavier Carrau.
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