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Calatrava quería construir la Estación Central de València

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14.03.2026

Santiago Calatrava en la inauguración del Oculus de Nueva York, en marzo de 2016. / Efe /A. GOMBERT

La llegada de los días grandes de la pólvora, con polémica de trenes incluida, ha desviado la atención de unos de los asuntos claves, como es el diseño de la futura Estación Central, una infraestructura esencial para la movilidad en toda el área metropolitana. El hito arquitectónico que ha vuelto a la agenda esta semana —me atrevería a decir que el más esperado en esta orilla del Mediterráneo— confirma que el proyecto ha atraído, como era previsible, a algunos de los mejores estudios internacionales. Aspirantes de prestigio que han entendido que estamos ante una de las obras más icónicas de la Europa de nuestro tiempo. Y entre quienes habrían querido concurrir estaba Santiago Calatrava, dispuesto a dejar su huella definitiva en la ciudad que lo vio nacer, en un gesto de reconciliación final que acallara para siempre a quienes siguen instalados en la caverna de la Parpalló.

En su regreso a València el pasado verano, interrumpido por un episodio nunca del todo aclarado, pero del que cabe deducir que pretendía abortar la normalidad que el artista de Benimàmet quería recuperar en los próximos años en su ciudad, mantuvo un encuentro con María José Catalá. Fue una reunión que, por expreso deseo de él, se desarrolló en el ámbito privado y que la alcaldesa respetó escrupulosamente. Calatrava, escamado de la política en general y de la valenciana en particular, salió satisfecho. Quería comprobar de primera mano si era posible ese cambio institucional de amplias miras del que le habían hablado y si era posible realizar uno de sus últimos grandes deseos, firmar la Estación Central de València con una obra que nada tuviera que envidiar al mundialmente conocido Oculus de Nueva York, levantado en la Zona Cero del sur de Manhattan tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

El arquitecto valenciano fue elegido para diseñar el nuevo nodo de transporte del World Trade Center dos años después de aquellos atentados. La obra se inauguró en 2016, no sin la polémica habitual: sobrecostes, retrasos y el viejo debate sobre si la espectacularidad arquitectónica justifica una inversión descomunal en una infraestructura de transporte. ¿Les suena? El Oculus no es una estación central al uso, sino un gran intercambiador que enlaza el sistema PATH —la red ferroviaria que conecta Manhattan con Nueva Jersey— con varias líneas de metro de Nueva York y con los recorridos peatonales del complejo del World Trade Center. Con esa deslumbrante estructura blanca y sus costillas de acero, que evocan las alas de un ave en pleno vuelo, Calatrava convirtió la reconstrucción de la Zona Cero de NYC en un icono universal, uno de esos lugares donde todo visitante se hace una foto, como sucede aquí con la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

Memoria cerámica de la dana

Tras una década sin pisar València, Calatrava regresó por un proyecto cerámico —su gran pasión— concebido como homenaje a los afectados por la dana. La catástrofe le impresionó profundamente porque le devolvió a la memoria la riada de 1957, vivida en el ámbito familiar. Antes de aterrizar en Manises estaba tan expectante como cualquiera que vuelve a las calles de su juventud después de una larga ausencia. El recelo con el que llegó se le disipó en apenas unas horas, y terminó de desvanecerse en su primera visita al Mercat Central, donde comprobó que muchos lo saludaban con afecto, en su lengua materna, la misma en la que ha pensado toda su vida. 

Salvo un inesperado giro de guion, Calatrava no cumplirá uno de sus grandes deseos, hacer otro Oculus en su ciudad natal, aunque también le haría mucha ilusión algo más sencillo, que el colegio de Benimàmet recuperará su nombre

Salvo un inesperado giro de guion, Calatrava no cumplirá uno de sus grandes deseos, hacer otro Oculus en su ciudad natal, aunque también le haría mucha ilusión algo más sencillo, que el colegio de Benimàmet recuperará su nombre

Lo visité días antes de volver en Zúrich, y mantenía un carrusel de proyectos donde València estaba muy presente. También vi aspectos de su entorno próximo que empequeñecen la leyenda. Calatrava, en la intimidad, es una de las personas más sabias —en el sentido más amplio del término— que he conocido. Me confesó que lo que realmente sabe diseñar son estaciones de tren, y me llevó hasta la Stadelhofen, una de sus primeras grandes obras, que redefinió por encargo de los Ferrocarriles Federales Suizos.

Restituir el CEIP ‘Santiago Calatrava’

También lo vi emocionado en el mejor ático de la ciudad, ese con vistas a la Catedral, la Basílica y el Palau de la Generalitat. Era el auténtico fotograma de la felicidad de alguien que a estas alturas de su vida solo pretende ser recordado como profeta en su tierra. Está muy agradecido a Suiza, su país de acogida que lo catapultó a la fama mundial, pero quiere dejar una parte sustancial de su legado en València.

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Lo de la Estación Central parece hoy muy difícil, salvo que se produzca un giro inesperado del guion, en el que su amigo Manolo Valdés todavía pudiera desempeñar algún papel. Veremos. Mucho más sencillo sería, y a él le haría especial ilusión, que el colegio de Benimàmet recuperara su nombre original, el del CEIP Santiago Calatrava, injustamente arrasado por unos activistas desalmados.

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