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Lo que pensó Trinidad antes de morir en el paredón

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26.03.2026

Trinidad Garrigues Ortí. / L-EMV

No es una certeza, pero me atrevo a decir que sé lo que pensó Trinidad Garrigues Ortí ante el pelotón de fusilamiento de Paterna en un caluroso día de agosto de 1939. O, mejor dicho, me aventuro a sentir en quien pensó. Para quien fue su último pensamiento antes de que un alud de balas le arrebataran la vida sin hecho absolutamente nada. Pensó en sus dos hijos, Trinidad de ocho años, y Paco, de cuatro, que se iban a quedar sin madre de un día para otro y que tenían, además, a su padre encerrado en la prisión. Qué sería de ellos, quién los cuidaría, fusilarían también a su marido, cómo había podido llegar todo hasta ese punto de no retorno, hasta el punto de quedarse sin vida por un instante, una reacción, un haberle devuelto el golpe a un guardia harta de abusos y malos tratos cada día, frente a la prisión. ¡Quién pudiera retroceder, por un segundo, en la historia y pararla en el momento antes de que todo se precipitara!

Trinidad, natural de Torrent, acabó su vida envuelta en el horror y habiendo recibido ninguna compasión. Era vulnerable, muy vulnerable, porque era una mujer sola, con el marido y los hermanos en la cárcel y el sistema, el nuevo sistema, fuerte y abrumadoramente masculino. ¿Quién iba a defender a una mujer humilde e indefensa del bando perdedor? No sabemos cuanto tiempo pasó esta torrentina de 35 años encerrada en la prisión antes de ser subida a un camión y llevada hasta el campo de tiro de Paterna, pero ¿se imaginan su sufrimiento?

Un buen amigo me señalaba ayer con atino, tras la noticia publicada por este periodico, la facilidad con que niños y mujeres fueron abusados por el franquismo tras la Guerra Civil. Inhumanidad, machismo, crueldad y abuso de poder eran las cuatro patas de un sistema de miseria moral en el cual se robaba bebés a sus madres, se esperaba a que estas dieran a luz para fusilarlas y quedarse con sus hijos o, como en el caso de Trinidad, se la enviaba a un paredón por ser trabajadora, mujer y familia de hombres republicanos. La cabeza de turco perfecta para dinamitar una familia, dañar para siempre a sus descendientes con la herida de la tristeza y sepultar su voz, aquella con la que protestó seguro por los abusos en la prisión, en una fría fosa común.

Confiemos en que, en un breve tiempo, el ADN haga su magia y Trinidad pueda abandonar para siempre la tierra del cementerio a la que fue arrojada hace 87 años y estar donde quieran los suyos. Este gesto, poder dar sepultura a tu ser querido, da paz y es simbolo de justicia y de dignidad. Que todavía haya historias como la de esta mujer, que debería haber vuelto a casa hace muchas décadas, es lo que nos debería hacer pensar como país y como sociedad en qué hemos fallado todos estos años. Y a quien.

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