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Nosaltres els marsupials

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15.03.2026

La banda Ateneu Musical del Port ameniza la primera mascletà de marzo. / Eduardo Ripoll

Quien iba a decirme que en días de fallas las lavanderías de la ciudad se ofrecerían como tribunas libres al alcance de los curiosos honestos o de los gustos más exóticos. Mi interlocutor pertenece al Fallero tardío. Es un fulano con un pintoresco calendario laboral. Partirá hacia Australia con dos meses de antelación y empleará otros dos meses en organizar el regreso. O al revés: es una proposición reversible. Hablamos un buen rato, no con eso que impropiamente llamamos inglés oxidado, pues pocas veces brilló: inglés del Titanic en apuros y gracias.

Estas cosas son del tipo más fugaz y desde luego habrán perdido efervescencia con la explosión del último masclet que suele ser el más gordo. El nombre de mi interlocutor es difícil de retener: desciende de una familia india, pero nos une la singularidad:

–A mí me gusta la música de banda y la pirotecnia –digo yo.

Rápidamente se disparan los resortes cosmopolitas. Esas montañas del este de Estados Unidos, con su mezcla de colores impresionistas, otoña mejor que ningún otro lugar de la tierra y tienen bandas de músicos: los carboneros. Se les conoce en todo el mundo por eso mismo.

La gente recién salida de una mina de carbón necesita que se le repare el alma con impresiones coloristas.

Mira por donde la música nos ha hecho similares o al revés los disímiles se desparramaban por terrenos que nadie vio, salvo la música.

Parlamentamos bastante con una pareja australiana. El señor cumple años ese mismo día y el australiano que se había rezagado dice que pondrá una canción de John Denver que tiene una performance muy clara: ya no somos extraños. Spotify. Nos metemos con Trump, como es natural. Todo esto ocurre en el micromundo de la lavandería que me temo que ya no ampara a criaturas líricas como Lucía Berlin. El señor que desconoce el funcionamiento de la lavadora me pide una aclaración tras otra. Al final lo contemplo perplejo y divertido. “Information Desk”, le digo con una mirada maliciosa. Una cuadrilla de muchachitas italianas, de esas como aladas y con garbo mitológico, se sacuden la intrusión de unas mariposas en su profundo y generoso escote.

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