La hora de la verdad en tiempos borrosos
Pedro Sánchez abandona ayer el hemiciclo. / Efe/Guillén
Los duelos se hilan. Unos hacen aflorar otros, que parecían en letargo. La última alerta roja dejó las calles de la pandemia: aceras vacías en el centro de la ciudad, persianas bajadas, semáforos trabajando sin sentido… La última gran tormenta estaba cerca, ni quince días, y la ciudadanía cumplió. Otra cosa será si las alertas se suceden sin que el episodio tenga nada de especial. Aunque este lo tenía, solo que no tocó tierra: por fortuna, descargó en el mar, pero cantidades equiparables a las del peor día. Es evidente que la dana de 2024 nos ha introducido en un tiempo nuevo y que el futuro es vivir entre alertas meteorológicas.
Alerta, elecciones. Parece que este siglo trastocado es imposible sin sobresaltos. La aceleración de acontecimientos es inaudita y la atmósfera política se ha convertido en una zona inestable como primera característica. En dos meses hemos pasado de la movilización airada y recia de la derecha a causa de la entrada masiva en Ceuta al levantamiento de una base social joven y de izquierdas, indignada con un problema que se ha ido cociendo a fuego lento durante años: el cerrojazo a la vivienda y a unas condiciones de vida dignas de unas generaciones que observan cómo el conocimiento no es ya palanca para el progreso social. Es relevante ver cómo política (y mediáticamente) se presta más o menos atención a un fenómeno o a otro, porque indica qué hecho es el que genera apoyos a cada ideología. O a cada bando (¿por qué no decir ya las cosas por su nombre?)
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