El discurso del president
El Palau de la Generalitat. / Fernando Bustamante
Había aprendido que la política es desatarse recuerdos y pasados, porque el presente arrastra todo, pero tenía delante una caja vieja con un Nou d’Octubre escrito con su letra. Había pedido que se la trajeran de casa: de cuando era más joven y creía que el orden era una forma de retenerlo todo. Se la habían dejado al lado de una camisa blanca nueva y una corbata oscura. Al lado también del discurso que le habían preparado con las claves que habían estado discutiendo una semana antes. Al lado de la prensa, con la encuesta de todos los años. Las cosas iban bien, el plan funcionaba: enfriar la atmósfera, perfil bajo, solucionador de problemas antes que ideólogo… Todo bien por ahí, pero él sabía que algo no marchaba. Lo veía en el espejo. Por eso quizá se le había ocurrido pedir la caja. Una vieja foto con los padres y su gesto serio al lado de la Senyera. Quizá viene de ahí tu aversión a las banderas, pensó. Curioso, ahora lo que pesaban eran las ausencias, la patada en el estómago de los vacíos en los momentos más inesperados. Siguió hurgando. Uno de esos dípticos amarillentos de los cines Albatros (guardaba cientos): justo este, Niágara, Niágara era de la primera película que iba a ver con ella y que nunca fue; hay películas que nunca se olvidan. La foto con los amigos de la facultad en una manifestación, cuando el Nou salía para reivindicar utopías gastadas.
Él había dejado un cuaderno negro al lado. Uno de esos con el logo de la Generalitat que había encontrado en........
