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Cultura metropolitana

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06.03.2026

María José Catalá, en el Foro de Municipalismo de Levante-EMV, esta semana. / Fernando Bustamante

Hay palabras que son como el Delorian. Viajas en el tiempo. Leo ‘selecto ambigú’ y estoy en el cine de mi pueblo, de aquellos de reestreno (otra palabra en fuera de juego hoy), que significaba doble sesión con películas que empezaban a hacerse viejas, pipas en unas butacas duras, bocadillos y un ambiente popular. Entre una y otra aparecía en pantalla el cartel con toda esa retórica rancia que anuncia engaño: “Visite nuestro selecto ambigú”. La realidad era algo que no eran ni manjares ni exquisitos en un rincón oscuro de la antesala del cine. Pero ya saben que la felicidad necesita más de ilusiones que de ambrosías.

Hoy, aquel cine se ha convertido en un contenedor cultural público (del lenguaje de regusto franquista hemos pasado a la funcionalidad áspera de lo administrativo) donde caben películas, teatro, conciertos, presentaciones falleras y actos municipales. Ha pasado en mi pueblo y en muchos de los que acordonan la gran ciudad. En otros han optado por la construcción nueva de espacios de este cariz. Pero son pocos los municipios de dimensión media sin estos recintos nacidos del principio de democratizar la cultura y acercarla a la ciudadanía (aquello de la montaña y Mahoma).

Ahora que Saulo se ha caído del caballo y todos comulgamos ya con la realidad metropolitana y la necesidad de esta mirada para afrontar los grandes problemas que atenazan a la gran ciudad (la falta de vivienda asequible y el caos en la movilidad), estaría bien meter la cultura en esa coctelera. Cultura metropolitana es una coordinación mejor que la que ha funcionado hasta ahora yes algo más que el Circuit Cultural actual, falto de personal y de ganas, sometido a la condena burocrática de unas incapacitantes convocatorias tardías y complicadas.

Cultura metropolitana significa coordinación, pero sobre todo una nueva mirada ligada a una nueva movilidad. Esta ha de facilitar el acceso a la oferta de la gran ciudad, pero sobre todo desarrollar una concepción más democrática, donde no se conciban estos espacios como de segunda por su ubicación en la periferia, sino que puedan conformar una red cultural de calidad de forma que los flujos de espectadores no sean ya solo desde el extrarradio hacia el centro de la urbe, sino también al revés, por qué no. La clave para el éxito es programación atractiva (eso se da por sentado) y un transporte público con frecuencias dignas y horarios amplios, que permita plantearse la posibilidad de ir (y volver) una noche a Aldaia, Torrent, Burjassot o Sueca (o incluso al Cabanyal, donde el TEM a veces parece que no existe) a un concierto, una función o una exposición sin morir en el intento.

La cultura metropolitana implica pasar a una fase avanzada en la relación entre la gran ciudad y la pujante periferia: que no sea un matrimonio de conveniencia solo para trabajar y dormir, sino algo bastante más serio y sentimental.

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