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Venezuela en un vaivén interminable

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15.01.2026

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Durante años, los habitantes de Macondo asistieron a la llegada de cada novedad con una mezcla de fascinación y desconcierto. El asombro inicial pronto se transformaba en duda y la revelación, en desencanto. No porque las novedades fueran irreales, sino porque su acumulación no producía aprendizaje ni transformación duradera. Algo parecido ocurre hoy en Venezuela. Cada anuncio de cambio abre un paréntesis de expectativa que rara vez se traduce en una alteración sustancial de la realidad. Como Macondo ante cada novedad, Venezuela ha sido llevada a un estado permanente de asombro y desencanto, donde la promesa de cambio sustituye al cambio mismo y acaba por vaciarlo de sentido.

Ese estado no es el resultado de una maldición cultural ni de una supuesta incapacidad nacional para la modernidad política. Es, más bien, el producto de una forma específica de administrar el tiempo, la expectativa y la frustración. En Venezuela, la novedad dejó hace tiempo de ser un medio para transformar la realidad y se convirtió en un mecanismo para suspenderla. Cada nuevo proceso, cada mesa de diálogo, cada reconfiguración del poder reorganiza las emociones colectivas, pero no las relaciones fundamentales que sostienen el sistema. El desenlace se aplaza sin cerrarse nunca. La transición se anuncia sin permitirse.

Esta dinámica suele interpretarse como improvisación, debilidad o simple torpeza política. Sin embargo, su persistencia sugiere otra cosa. El vaivén entre esperanza y desencanto no es un accidente, sino una técnica. Mantiene a la sociedad en movimiento sin permitirle avanzar. Produce la sensación de cambio sin asumir el costo del cambio real. Al hacerlo, reduce la presión política inmediata y desplaza el conflicto hacia el terreno de la espera.

Con el tiempo, esta lógica produce un efecto corrosivo. La repetición de promesas sin consecuencias no solo erosiona la........

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