Juventud, ¿divino tesoro?
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Si la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo, como parece haber dicho George Bernard Shaw, nuevas y viejas generaciones le están exprimiendo bastante jugo al padecimiento mientras llega la vacuna de la edad.
Las primeras, para reclamar lo que, según ellas, les corresponde, y que el capitalismo, el neoliberalismo, el Estado o la sociedad de derechos –cualquier cosa que esto signifique– no les está concediendo. Las segundas, para hacer una contrición bíblica, es decir, un acto de arrepentimiento por sus (presuntos) pecados cometidos, desde la exclusión, la meritocracia, la desigualdad, el desempleo y las violencias hasta el cambio climático, las migraciones forzadas, la propagación de enfermedades, la suspensión del home office o la falta de acceso a la salud, a la vivienda buena, barata y céntrica por supuesto, y al internet gratuito.
Este recuento rápido, sin embargo ¿explica suficientemente lo que podemos llamar la romantización de la juventud, su idealización como algo inherentemente positivo, y no una simple categoría biológica? Quizá no, y este texto pretende situar la reflexión en una perspectiva distinta a la lógica binaria prevaleciente –héroes o villanos, buenos o malos, derecha o izquierda, generaciones x/y/z o viejos decrépitos– para encontrar grados, razonamientos y matices que ayuden a entender mejor la relación, que hoy parece problemática, entre juventud, educación, política y mérito.
¿Es la juventud un problema?
Comprender mejor a la juventud contemporánea, involucrarla en la construcción de ciudadanía, hacerla partícipes de las preocupaciones comunes y sensibilizarla en cuanto a las soluciones, por definición colectivas, a los problemas más ingentes de una sociedad y un país, se ha convertido en una de las asignaturas sociológicas, psicológicas y políticas más intrincadas en la actualidad. En ella confluyen factores económicos, tecnológicos, educativos, culturales y urbanos que, vistos en conjunto, parecen un rompecabezas muy difícil de ensamblar virtuosamente.
Lo cierto es que, a juzgar por los cambios en todas partes y sus efectos –fin del bono demográfico, envejecimiento, soledad no deseada, carencias de capital humano, crisis de pensiones–, ese grupo etario diverso, heterogéneo y contrastante que llamamos juventud es y será decisivo para fomentar la acción que facilite alcanzar los bienes públicos compartidos que toda sociedad desea.
En esa línea, el entendimiento de y la interacción con la juventud es un desafío poliédrico en estos tiempos, y para evitar lugares comunes, diletantismo intelectual o terapias de moda, debiera ser abordado desde distintos ángulos: la democracia y la política, la economía y el bienestar, la educación y la cultura, y la violencia y la salud mental. Veamos algunos de ellos.
Educación, movilidad y ascenso
En principio de cuentas, el acceso a la educación superior es más elevado que nunca. En la actualidad hay 264 millones de estudiantes universitarios en el mundo y la matrícula seguirá creciendo hasta 2060 o 2070, cuando empezará a descender. Con variaciones entre países, más del 55% de la matrícula está integrada ya por mujeres y un tercio de todos proviene de familias de escasos recursos.1 Hay un proceso de inclusión, insuficiente y lento, pero bien encaminado.
Otra buena noticia es que la tasa de retorno para quienes fueron a la universidad, según el Banco Mundial, es en promedio de 15% a nivel global (y un punto más alta en América Latina). Sin embargo, se observan ya, en todos lados, desequilibrios entre la oferta del egreso y la demanda de la economía; brechas de habilidades y competencias, sobre todo en economías más sofisticadas (el Departamento del Trabajo de Estados Unidos calcula que 40 mil empleadores en el mundo no encuentran el talento que necesitan y la escasez mundial de ingenieros en software podría alcanzar 85 millones en 2030); escepticismo acerca del valor real del título (en E.U., 63% de los adultos cree que ya no vale el tiempo ni dinero invertido, y diez años atrás era solo 40%2) y, por tanto, mayor desempleo y menores ingresos entre personas jóvenes con educación superior. En el caso de México, las encuestas de 2016 y 2024 muestran que los ingresos trimestrales promedio para las personas que fueron a la universidad se han mantenido constantes o de hecho han descendido.
En conclusión: si la universidad ya no es el pasaporte automático hacia los buenos empleos, emprendimientos e ingresos, mejores expectativas de vida y más satisfactores materiales, se produce un efecto lógico: pesimismo y desencanto, el temor a convertirse en los nuevos parias del mundo laboral, en el que la promesa del título se ha roto. Estas frustraciones se desfogan contra las instituciones que los jóvenes creen responsables del problema: la universidad, los políticos, los gobiernos, la economía, el........
