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Un asedio de carne y hueso

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18.05.2026

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Cuando hay guerra, la guerra lo cubre todo, pero solo para quien la sufre. Una mirada extrañada quedaría obturada por el cúmulo de destrucción y muerte. Pero no necesariamente estas personas conectarían con el sentimiento de dolor e incertidumbre que viven las víctimas, con sus quehaceres y digresiones, tampoco con sus momentos de asueto y tedio.

Ya sabemos que desde fuera la tragedia se concibe como un espectáculo mórbido, sobre todo si el lugar está lejos y no se tiene ninguna referencia cercana ni conocida. En este caso en Europa y a setecientos kilómetros de Viena. 

A comienzos de los años noventa, para los europeos, Bosnia y Herzegovina estaba cerca, igual que lo está ahora, pero muy lejos mentalmente. Como un juego de espejos catatónico, los sarajevitas sabían cómo los observaban, con una mezcla de incredulidad, paternalismo y algunos gestos de compasión, pero también como a una masa deforme de víctimas, una amalgama sin nombres ni apellidos. 

Semezdin Mehmedinović es un autor bosnio, de los que se quedó con su familia en el Sarajevo asediado, durante 44 meses, por el Ejército serbo-bosnio –arrastraría el cargo de conciencia de que su hijo Harun pasara por ello–. Parecían causarle repulsa los fotorreporteros internacionales (“monos de feria con cámaras Nikon”), que en su ambición ansiaban la instantánea efectista; también le enervaba todo el politiqueo en torno al conflicto, mientras sus conciudadanos escuchaban la radio anhelando la paz. 

Leyendo a Mehmedinović, uno reafirma la idea de que la guerra solo pertenece a quienes la han vivido en su patria espiritual, y a casi nadie más.

Después de la buena acogida de Diarios del olvido, la........

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