Carta desde Bogotá: Los cadáveres que no se van
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El pasado 15 de febrero, el día en que se cumplían sesenta años de la muerte de Camilo Torres Restrepo, la capilla Cristo Maestro de la Universidad Nacional de Colombia se llenó de gente para una ceremonia que, en principio, debía tener algo de cierre histórico. Se iba a celebrar una misa e inaugurar un osario donde reposarían –ahora sí de manera definitiva– los restos del sacerdote, sociólogo y guerrillero que, en 1966, cayó en un combate como miembro del Ejército de Liberación Nacional. Durante seis décadas su cadáver había sido, literalmente, un cuerpo en la zona fantasma: un secreto militar, una reliquia política, una ausencia obstinada en la memoria colombiana.
Pero la escena no ocurrió como estaba prevista. El día anterior, el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses informó que aún no podía certificar de manera definitiva la identidad de los restos. Sin esa confirmación, los huesos no podían depositarse en la urna preparada para recibirlos. La ceremonia se celebró de todos modos, pero el nicho quedó vacío. En lugar del osario con los despojos, se colocó una imagen del sacerdote y algunos objetos simbólicos. El episodio, que perfectamente podría ser parte de una novela al estilo de Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez, sumó un nuevo capítulo a la larga historia del cuerpo extraviado de Camilo Torres.
Para entender el significado de esa escena conviene retroceder sesenta años. En 1965, tras meses de tensiones con la jerarquía eclesiástica –en particular con el cardenal Luis Concha Córdoba–, Camilo Torres abandonó el sacerdocio activo y decidió incorporarse al recién creado ELN. No era una decisión improvisada. Torres había sido uno de los sociólogos más prometedores de su generación: formado en Lovaina, profesor universitario y cofundador del primer departamento de sociología del país. Desde comienzos de los años sesenta se había convertido en una figura pública gracias a su propuesta del “amor eficaz”: la idea de que la caridad cristiana debía traducirse en transformaciones estructurales de la sociedad. Para él, la política –y eventualmente la revolución– era una extensión lógica de la ética cristiana.
Su paso por la insurgencia fue brevísimo. El 15 de febrero de 1966 murió en un enfrentamiento con el Ejército en la región de Patio Cemento, en el departamento de Santander. Era........
