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Carta desde Bogotá: El espejo mexicano

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05.02.2026

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Dediqué varias noches del pasado mes de diciembre a leer Antojitos mexicanos, un libro de Germán Arciniegas que, si las cosas siguen como se han proyectado, aparecerá en junio próximo. De acuerdo con su título, el volumen reúne una parte considerable de lo que el polígrafo bogotano escribió a lo largo de su vida sobre un país que, para él y para tantos otros latinoamericanos nacidos en el cambio de siglo, funcionó como una superficie reflexiva en la que examinarse, contrastarse y, en ocasiones, imaginarse de nuevo.

En el caso de Arciniegas, ese vínculo –un lazo afectivo más que diplomático– nació en su juventud, cuando trabó una estrecha amistad con el poeta Carlos Pellicer, a quien conoció en Bogotá en 1919, durante la visita que este realizó como representante de la Federación de Estudiantes de México. Juntos fundaron la Asamblea de Estudiantes de Colombia y mantuvieron una correspondencia que se extendió durante casi seis décadas. En 2002, Serge I. Zaïtzeff reunió en un volumen una selección de las cartas que ambos se cruzaron entre 1920 y 1974. Ya en la primera de esas misivas, fechada en la capital colombiana en vísperas de un viaje de Pellicer a Caracas, se perciben con nitidez los anhelos literarios y vitales que animaban a aquel par de entusiastas: leer y promover, con una fe que hoy provoca cierta ternura, a sus compañeros de generación, y empeñarse también en que las federaciones estudiantiles ganaran influencia en todo el continente, desde el sur del río Bravo hasta los confines de la Patagonia. En Antojitos mexicanos, Arciniegas da cuenta del primero de esos ideales al consignar unas palabras premonitorias sobre Pellicer, máxime si se recuerda que, para entonces, el autor de Colores en el mar aún no había publicado un solo libro:

Vaticinar la grandeza poética de Pellicer no era difícil. Nosotros lo conocimos hace más de cincuenta años en Bogotá, y no hubo quien no lo anticipara. Todos habíamos oído las campanas de la catedral, pero solo el día en que él oyó ese bronce medieval ahuecando la noche en la plaza de Bolívar, nos dimos cuenta de lo que decían. Solo cuando él metió las manos en el agua de Tota –¡y le quedaron azules!– supimos lo que era el lago. Son operaciones mágicas que solo hacen los poetas y los niños.

Además de su amistad con Pellicer, Arciniegas tejió relaciones con varias figuras centrales de la vida intelectual mexicana. Entre ellas destaca José Vasconcelos, entonces secretario de Educación, quien publicó en mayo de 1923, en el periódico La República de Bogotá, su conocida carta a los estudiantes colombianos. Poco después sería aclamado como “Maestro de la Juventud en América”, título que obtuvo en buena medida gracias al proselitismo de su infatigable corresponsal. Conviene recordar, sin embargo, que semejante exaltación no le impidió a Vasconcelos pronunciar en 1946, durante una entrevista con el poeta Jesús Arango Ferrer, una de las majaderías más sonoras que se hayan dicho sobre país alguno en América Latina: “El lirismo ha salvado a Colombia de la crueldad”.

Con el tiempo, México se convirtió para Arciniegas en un territorio de resonancia y amparo. Allí no solo encontró lectores atentos, sino un espacio donde afinar su pensamiento crítico. En 1949 fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua y, en 1952, publicó en la Ciudad de México –bajo el sello de la Editorial Cultvra– una de sus obras más influyentes: Entre la libertad y el miedo. (“Se nos dice que el orden es lo primero, pero se olvida que el orden de los cementerios es el más perfecto de todos. La libertad es un riesgo, pero es el único riesgo que vale la pena correr para ser hombres”.) A ello se suma su larga relación con Alfonso Reyes, con quien colaboró en proyectos editoriales y de intercambio universitario orientados a consolidar una idea ya insinuada en los escritos de Simón Bolívar: la construcción de una comunidad cultural basada en la circulación del conocimiento, la solidaridad entre centros académicos y la convicción de que las letras pueden servir como campo de entendimiento político e intelectual más allá de las fronteras nacionales. (Mucho........

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