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Casa Rorty LXX: Henry James descubre América

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23.07.2026

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Sabido es que los Estados Unidos de América han celebrado el aniversario de su Declaración de Independencia y aprovechado la ocasión –digamos– para organizar a la fase final de la Copa del Mundo de fútbol; han proliferado las reflexiones sobre su experimento nacional y este mismo blog se sumó a la moda hace un par de semanas. También era previsible que el nombre de Alexis de Tocqueville saliera a relucir: el largo viaje que hiciera el gran pensador liberal francés a lo largo y ancho de la joven república en 1831, cuyo resultado son los dos volúmenes de La democracia en América, constituye una referencia inevitable cuando se habla de la gestación y desarrollo de la sociedad norteamericana. Sin ir más lejos, The Economist ha publicado un excelente podcast –titulado Tocqueville road trip– que sigue los pasos del joven aristócrata francés y contrasta sus observaciones con el actual estado de la república. ¡Bien está! Pero Tocqueville no es el único viajero capaz de iluminar la realidad estadounidense y por eso sugiero que prestemos atención a la travesía emprendida por el novelista Henry James a principios del siglo XX, momento en el que regresa a su país natal tras veinte años de ausencia y lo recorre de cabo a rabo, dejando cumplida noticia de sus agudas impresiones en un libro –The American Scene– que hasta donde yo sé continúa inédito en nuestra lengua.

Decepcionado por la cualidad provinciana de la vida estadounidense, James había dejado Estados Unidos en 1882 para instalarse en Inglaterra –vivía en una casa de campo en Sussex en compañía de su ama de llaves– y conocer a fondo Europa en general e Italia y Francia en particular. Durante ese periodo, da forma definitiva a su ingente y formidable corpus literario: autor de innumerables novelas, relatos cortos y ensayos, James es uno de los supremos estilistas de la literatura universal y contribuye decisivamente –junto a Joseph Conrad– al advenimiento del modernismo. Baste señalar que había publicado Washington Square y Retrato de una dama antes de dejar Massachussets; que durante sus años ingleses aparecen La princesa Casamassima o La musa trágica; que cuando experimenta el deseo de regresar a casa está a punto de culminar esa majestuosa trilogía final que componen Las alas de la paloma, La copa dorada y Los embajadores. Era un autor conocido y reconocido, que sin embargo envejecía sin remedio ni familia propia en la verde campiña inglesa. Solo había regresado ocasionalmente a Estados Unidos para asistir a algún funeral; pese a los avances experimentados por la navegación comercial, no era una travesía que pudiera emprenderse con ligereza.

Pero fue justamente en el interior de un barco, según cuenta su biógrafo Leon Edel, donde James sintió la llamada del nostos. Había acudido al puerto de Tilbury a despedir a su amigo John La Farge y a su hija, que partían hacia Estados Unidos en el Minnehaha, y después de acompañarlos a su camarote se dijo a sí mismo –escribió luego– que “la oportunidad es ahora o nunca; quédate y navega; toma prestada ropa, un cepillo de dientes, un baúl, cien dólares; nunca volverás a tenerlo tan cerca”. No lo hizo y volvió a casa, aunque no sin comprender que su deseo era demasiado fuerte para ser ignorado: “Debo regresar antes de hacerme demasiado viejo y, sobre todo, de que me importe ser demasiado viejo”. Y aunque su hermano William, con quien siempre mantuvo una relación cercana y difícil, trató de disuadirlo, advirtiéndole sobre la falta de modales de los estadounidenses y las penurias asociadas a los largos desplazamientos allí requeridos, las palabras del filósofo no amilanaron al novelista.

Pese a decirse a sí mismo que el viaje le proporcionaría nuevo material para su escritura, cabe suponer que su momento vital –“los días transcurren y pasan, cargados como una caravana de camellos a lo largo del desierto de mi soledad”, había escrito a su amiga Grace Norton– y la necesidad íntima de reencontrarse con su tierra pesaron más que cualquier otro motivo. Salvo, acaso, la curiosidad: los Estados Unidos viven entre 1882 y 1904 su Gilded Age o “edad dorada” y se habían convertido en ausencia de James en una potencia global donde se tiraban miles de kilómetros de línea férrea, los inmigrantes desembarcaban en masa, la industria se desarrollaba sin descanso, se multiplicaban los robber barons que amasaban fortunas colosales y el territorio nacional y sus áreas de influencia se expandían conforme a los dictados de la famosa doctrina Monroe. Si James había dicho ya que ser norteamericano es “un destino complejo”, el creciente protagonismo global de su país le obligaba a recorrer el gran país y mirarlo con nuevos ojos. Y así es como, tras disponer el alquiler de Lamb House y apalabrar el cuidado de su ama de llaves y de Max, su querido dachshund, James embarca el 24 de agosto en el Kaiser Wilhelm II; seis días después llega a Hoboken, Nueva Jersey, donde da comienzo su periplo.

Irá dando cuenta del mismo en piezas publicadas en revistas como North American Review y Harper’s Monthly Magazine, que luego corregirá con el fin de componer The American Scene; nunca verá la luz, sin embargo, el segundo de los volúmenes previstos, dedicado al Oeste del país y titulado The Sense of the West. Es posible que le pesara el fracaso comercial de la edición de Nueva York de su obra completa, en la que había depositado grandes expectativas y que le requirió un notable esfuerzo, pues James escribió prólogos y revisó los textos de todas sus novelas. Y aunque comenzó asimismo una novela basada en las impresiones causadas por el viaje, The Ivory Tower, donde se ocupaba de la adquisición de riqueza y de la culpa asociada al fraude, jamás la terminó. Con la excepción de The Outcry, una breve novela sobre los medios de comunicación y su tratamiento del escándalo social, en esos años finales James solo publicó memorias personales y algunos ensayos. Luego ya vendrían la I Guerra Mundial, la vejez, la muerte.

En todo caso, James pensaba financiar el viaje con esos artículos e impartiendo conferencias on the road sobre temas como el habla de los norteamericanos o el arte de Balzac, a cuya traductora estadounidense –Katherine Prescott Wormeley– visita en New Hampshire. Y por más que sus notas de viaje estén llenas de críticas al espíritu capitalista (“ganar tanto dinero que no te importará, que no te importará nada –esa es sin duda, creo, la principal fórmula americana”), su preocupación por el dinero es constante y se sorprende al constatar –lo señala Peter Brook en Henry James Comes Home, publicado el año pasado por la editorial New York Review Books– que la aventura estadounidense fue un éxito financiero. Ciertamente, el hombre tenía sus gastos: pasó medio viaje acudiendo a la consulta del dentista, lo que viene a emparentarlo con ese Martin Amis que también sufrió de lo lindo a causa de su mala salud bucal. James, dicho sea de paso, elogia el aspecto dental de los norteamericanos y se diría que su término de comparación son los ingleses:

Todo el mundo, en “sociedad”, tiene buenos, hermosos, bonitos y sobre todo cuidados y mimados dientes; de manera que el espectáculo frecuente que ofrecen otras sociedades, con sus extrañas irregularidades, protrusiones, deficiencias, colmillos y cavidades, está aquí fresca y consoladoramente ausente.

Todo el mundo, en “sociedad”, tiene buenos, hermosos, bonitos y sobre todo cuidados y mimados dientes; de manera que el espectáculo frecuente que ofrecen otras sociedades, con sus extrañas irregularidades, protrusiones, deficiencias, colmillos y cavidades, está aquí fresca y consoladoramente ausente.

Vaya por delante que The American Scene no es un libro ligero: mi vieja edición de Penguin tiene 340 páginas de letra apretada y la prosa es........

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