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Casa Rorty LVIII: Dos o tres apuntes sobre el nuevo desorden mundial

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22.01.2026

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Hablábamos aquí hace dos semanas sobre las implicaciones de la operación relámpago ejecutada por las fuerzas especiales del ejército estadounidense en Venezuela; desde entonces, el impetuoso Donald Trump ha girado su atención sobre la región danesa de Groenlandia. Según él mismo ha dicho, solo hay un destino posible para tan vasto territorio: ser controlado por los Estados Unidos. Ha llegado incluso a ponerle precio: unos 700.000 millones de dólares. ¡Groenlandia para los americanos! Ante la negativa de groenlandeses, daneses y europeos a ceder la región por las buenas, el presidente estadounidense ha amenazado con imponer aranceles suplementarios a los países europeos. Sus líderes se debaten: ¿cómo responder? Se enviaron soldados a Groenlandia, se valora la suspensión del tratado de libre comercio con Estados Unidos, se buscan vías diplomáticas que eviten una ruptura con Washington. Y la Alta Representante de la UE para asuntos exteriores, la estonia Kaja Kallas, dijo off the record que quizá sea el momento de empezar a beber. No se lo reprochamos.

En la esfera pública global, formada por la suma de las esferas públicas nacionales y sus distintas hibridaciones, las reacciones tampoco se han hecho esperar. Ya es casi un tópico hablar de la “presidencia imperial” de Donald Trump, lo que de hecho supone reciclar un concepto empleado en su momento por Arthur Schlesinger Jr. para caracterizar los años de Nixon. Pero es que ya en 1945 hablaba Raymond Aron de la “república imperial” estadounidense; y el propio Gore Vidal, tan aficionado a las comparaciones con la Antigua Roma, situaba entre el final del siglo XIX y el comienzo del XX la transformación de república estadounidense en imperio de alcance mundial. Por lo demás, que el concepto sea viejo significa que la tentación imperial no es nueva: una potencia como Estados Unidos siempre está a punto de deslizarse por la pendiente del intervencionismo. Lo que nos resulta chocante –maneras locoides de Trump al margen– es que esto suceda después del terrible siglo XX y, sobre todo, que se haga contra los aliados del país americano. Y la paradoja está a la vista en el caso de la defensa de Groenlandia: si los europeos invocasen el Tratado del Atlántico Norte con motivo de una invasión estadounidense, estarían pidiendo auxilio al mismo Estado que lo transgrede.

De ahí que abunden las llamadas a la firmeza europea y se insista en la necesidad de cortar lazos con un aliado que ya no es fiable. Los franceses, fieles a su gaullismo, quieren ir a por todas; británicos e italianos se muestran más cautos. Entre los comentaristas, Andrea Rizzi llamaba desde las páginas de El País a los europeos a embarcarse en una nueva “resistencia antifascista”: ya solo cabe armarse para la defensa del continente ante los rasgos fascistas o como poco fascistoides con que se presentan tanto viejos (Rusia) como nuevos (Estados Unidos) enemigos y ante esa realidad inesperada los europeos debemos “cambiar nuestro marco mental”. En ese mismo periódico, pasada por cierto una sección de cultura donde el cantautor Nacho Vegas proponía usar la violencia contra la extrema derecha si esta pisa las moquetas del poder, el intelectual poscolonial de origen indio Pankaj Mishra subrayaba la necesidad de que el mundo se “desamericanice”. A su juicio, la civilización universal de Estados Unidos no era ni civilización ni universal: apenas un seductor espejismo cuya desaparición tiene tanta o más trascendencia –sic– que la caída del comunismo en 1991. Mishra, conviene señalarlo, no atribuye a los Estados Unidos esa colonización cultural que tanto molestaba asimismo –de Made in USA a Elogio del amor o El libro de imágenes– a Jean-Luc Godard, sino que carga contra la “anomalía” política estadounidense en los siguientes términos:

Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos.

¡Caramba! Uno diría que atribuir al poder público la tarea de identificar “el propósito y el significado supremos de la existencia humana”, a fin de poder suministrárselo luego a los ciudadanos, es una mala idea: tenemos un buen puñado de precedentes. Y es que si la crítica del overreach trumpista se convierte en una invitación a superar la democracia liberal, cuya paternidad tampoco es exclusivamente estadounidense, entonces hablamos ya de algo muy distinto. Aunque Mishra parece arrimar el ascua imperialista a su vieja sardina poscolonial, en fin, sus consideraciones sobre la........

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