Los renaceres del horror
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La idea ha aparecido una y otra vez en medios de todo el mundo: “Con Backrooms y Obsession, Hollywood vive un renacimiento del horror de la generación Z”, declara un encabezado reciente de la revista The New Yorker. “El impacto de lo nuevo: Jordan Peele, Mariana Enriquez y más voces acerca del renacimiento de la ficción de horror”, anunciaba un artículo de The Guardian publicado en 2023. Pareciera un consenso cultural contemporáneo afirmar que los años recientes representan un renacer de este género.
Rara vez, sin embargo, se especifica en qué etapa del alumbramiento nos encontramos, y mucho menos se data la fecha de la defunción. Peor aún: si vamos más hacia atrás en el tiempo, encontramos en 2020 un texto del crítico Anthony Gramuglia que asegura que “resulta evidente que de los años 2010 a 2020 se vivió un renacimiento del horror”. La cosa se complica cuando nos topamos con un artículo de PopMatters publicado en 2007sobre la producción de películas del género que afirma que “podemos observar […] la saturación de cintas de horror directo a video de los años ochenta y el renacimiento del horror de los años noventa abanderado por Scream”. Si damos por buenas todas estas afirmaciones (y otras más que se suman si agregamos la palabra “resurgimiento” o “boom”), la conclusión inevitable es que el horror lleva renaciendo al menos cuarenta años, aproximadamente una tercera parte de la historia del cine. Suena como el parto más prolongado del que se tenga memoria.
No obstante, alguna razón debe haber para que se afirme que el horror se encuentra renaciendo de forma permanente, una imagen que es de por sí bastante horrorífica. No se trata de que el género, en efecto, muera y renazca dos o tres veces por década, un ciclo de vida sencillamente incompatible con los tiempos de producción de esa industria y con el flujo ininterrumpido de obras del género a lo largo de la historia. Forzosamente, tiene que haber una explicación alternativa. Y, con la venia de los lectores, me voy a permitir aventurar una en este ensayo.
Cuando se habla de un “renacimiento” del horror dentro del cine, por lo general se hace referencia a un entrecruce de fenómenos: el aumento en la producción de títulos del género, la llegada de nuevos exponentes o el auge taquillero producido por una o varias películas populares del género, que aquí comprenderemos como aquel que engloba obras de ficción que buscan inspirar en su público sensaciones de miedo, repulsión, repugnancia, incomodidad y desasosiego.
Suena bien, en principio, salvo porque variaciones de estos fenómenos han sucedido prácticamente desde que el cine es cine. Durante ese tiempo, se han lanzado películas de bajo presupuesto que multiplicaron su recaudación para asombro de la industria: La noche de los muertos vivientes (1968), The Texas chainsaw massacre (1974), Saw (2004), Actividad paranormal (2007) Terrifier 2 (2022), Obsession (2025). Etcétera: esa no es, para nada, una lista breve. También hemos visto al horror funcionar como un lienzo para que tanto directores consagrados como autores jóvenes plasmen una visión de aquello que nos sobresalta.
No solo eso: desde los albores del cine, el horror ha estado presente mediante cintas comercialmente exitosas y culturalmente trascendentales; esto es tan cierto que enumerarlas todas se antoja no solo como un esfuerzo titánico, sino además un ejercicio un tanto ocioso y redundante. En su libro Filosofía del terror o paradojas del corazón, Noël Carroll apunta que “la imaginería del terror se puede encontrar en todas las épocas”, y menciona: “la historia del hombre lobo en el Satiricón de Petronio”, “las danses........
