Los disidentes de la URSS
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Sobre la entrada “Disidentes soviéticos”, Wikipedia ofrece 132 fichas por orden alfabético que van de Liudmila Alekséyeva hasta Aleksandr Zinóviev. A estos hombres y mujeres no les gustaba la palabra “disidencia” y preferían definirse como “los que piensan de otra manera”. Todos, y unos más, aparecen en la obra enciclopédica de Benjamin Nathans de 2024, To the success of our hopeless cause. The many lives of the Soviet dissident movement; un monumento, a su vez, enriquecido por la reciente publicación de Between prison and freedom. Memoir of a Soviet dissident, el testimonio de Alexander Podrabinek, disidente duramente castigado a partir de 1978.
En aquel año el checo Václav Havel pudo escribir, parodiando el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels: “Un fantasma recorre a Europa oriental, el fantasma de lo que en Occidente llaman ‘disidencia’.” Los así llamados “‘disidentes’ no cayeron del cielo […] son una consecuencia natural e inevitable de la presente fase histórica del sistema que recorren”.1 Concretamente en la URSS, eran los que protestaban públicamente con el fin de defender los derechos civiles y humanos. La perestroika pudo interpretarse como su victoria y su contribución a la caída de la Unión Soviética, pero, después de su exaltación, vinieron rápidamente la demonización y el olvido. Para el régimen de Vladímir Putin los “disidentes” son unos criminales que calumniaban a la URSS, cómplices de Occidente que, con su ayuda, provocaron “la mayor catástrofe del siglo XX”. En 2013, un sondeo del prestigioso Centro Levada encontró que solamente uno de cada seis rusos era capaz de citar el nombre de algún disidente soviético.
Antes de morir en 2024, probablemente asesinado en una cárcel siberiana, Alekséi Navalni estaba leyendo a varios de ellos. Al mismo tiempo, Putin liquidaba las últimas huellas del movimiento: el Grupo Helsinki de Moscú, el Centro Andréi Sájarov y Memorial, la asociación dedicada a investigar el pasado totalitarista de la URSS con el fin de defender los derechos civiles. Por eso, bien puede escribir en sus memorias Vladímir Semichastny, antiguo dirigente del KGB, “la Historia se tragó sus nombres”.
Benjamin Nathans recupera a los “disidentes” y, como título a su libro monumental, recupera el brindis que ellos repitieron muchas veces en sus reuniones: “¡Al éxito de nuestra causa sin esperanza!” Pudo poner como epígrafe el lema de Guillermo de Orange: “No es necesario esperar para emprender, ni tener éxito para perseverar.” Esas mujeres, esos hombres perseveraron en los duros campos de trabajo y, peor aún, en las clínicas psiquiátricas. A la entrada de los campos de concentración nazis el letrero proclamaba: “El trabajo libera”; a la entrada de los campos del gulag soviético, el texto era más largo: “El trabajo es asunto de honor, valor y heroísmo.”
Benjamin Nathans les da la historia que merecen, encuentra por qué y cómo ciertas personas se volvieron disidentes y, sin haberlo programado, formaron un movimiento, “el primer movimiento por los derechos civiles y humanos en el mundo socialista”. Alexander Podrabinek no es historiador, fue disidente y lo sigue siendo actualmente en Rusia. Explica que, para entrar en la Juventud Comunista o en el Partido, tenías que presentar tu candidatura; pero para participar en el “movimiento democrático, la única manera de entrar en el mundo de la disidencia era ganarse gradualmente una reputación y el reconocimiento. Esa era la fuerza del movimiento […] El KGB estaba entrenado para encontrar y perseguir a la oposición organizada. Los chekistas lo habían hecho durante décadas, desde el tiempo de Dzerzhinski. Pero no sabían cómo combatir gente que no se escondía. Gente que no entendían”.2
Nathans dice que no quería alabar ni denigrar a las figuras de la disidencia, sino simplemente investigar para entender; por ello, se pone al amparo de Georges Lefebvre, el gran historiador de la Revolución francesa: “El moralista debe alabar el heroísmo y condenar la crueldad, pero el moralista no explica los acontecimientos.” El autor usó cuatro tipos de fuentes. Para empezar, todo lo que los disidentes han dicho sobre ellos mismos y sobre el movimiento: unas ciento cincuenta autobiografías y muchos otros textos que ofrecen al historiador una “mina de oro que es también una trampa”, porque el lector se queda con la idea de que son valientes individuos enfrentando a la tiranía, lo que deja en la sombra a otras personas y también la dimensión colectiva de la disidencia.
La segunda fuente quedó disponible varios años después de la implosión de la URSS: los archivos del KGB con los interrogatorios de los implicados, los inventarios de sus departamentos, los análisis periódicos de la situación y las acciones por realizar en consecuencia. De la misma manera pudo tener acceso a discusiones en el politburó sobre el fenómeno disidente que el Partido tomó muy en serio. La tercera fuente contempla todo el material producido por otros observadores y analistas del movimiento, los periodistas extranjeros residentes en Moscú, organizaciones como Amnistía Internacional y la Fundación Alexander Herzen.
Esa fuente se nutría también de una cuarta: la producción inmediata de los disidentes, que corrige muchas veces las autobiografías y memorias posteriores; se trata de diarios, apuntes, cartas y miles de textos que circulaban en samizdat (autoedición) bajo la forma de copias mecanografiadas con cuatro o cinco hojas de papel pasante. Salían en contrabando del país y llegaban a millones de soviéticos que escuchaban “las Voces”: bbc, Voice of America, Radio Libertad… para desesperación de las autoridades.
Algo muy importante: la disidencia fue posible porque, después de la muerte de Stalin, el Partido había renunciado definitivamente al método del Gran Terror, con tortura y tribunales especiales, lo que dejaba algunos intersticios en el muro de control y represión. Además, en el proceso de “coexistencia pacífica”, en el marco de la Guerra Fría, diplomáticos y observadores extranjeros estaban más presentes y más activos: ellos sacaban del país los productos del samizdat, visitaban y entrevistaban a los disidentes.
En 1964 el joven poeta Joseph Brodsky, de veintitrés años, fue arrestado y condenado a varios años de trabajo forzado por su “modo de vida parásito y antisocial”. Durante el proceso, que fue público para demostrar que existía la “justicia soviética”, Frida Vígdorova apuntó todo y lo puso en el samizdat de modo que la condena hizo mucho ruido en Occidente. En 1965 arrestaron y condenaron a Andréi Amalrik bajo el mismo concepto. En 1965 el KGB arrestó a Yuli Daniel y Andréi Siniavski (1925-1997). El joven estudiante Siniavski había sido reclutado por el KGB para vigilar y seducir a la hija del agregado militar naval francés, Hélène Peltier (1924-2012). A partir de 1955,........
