Cómo empezó la Cristiada
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Eso fue hace cien años. En julio de 1967, Andrés Lira grabó en Santiago Bayacora, Durango, a don Pancho Campos, quien le dice lo siguiente (su testimonio aparece al inicio de la película Los últimos cristeros que puede verse y escucharse en YouTube):
Sucede que el mes de julio de 1926, apareció un manifiesto en la puerta del templo de este lugar, en el cual decía así: El 31 de julio de 1926 tendrán que ser cerrados todos los templos de la república mexicana y los sacerdotes tienen que ser expulsados a otros países.
Artículo 1. Todo individuo encargado de un templo, si repica campanas, será multado con cincuenta pesos y un año de prisión.
Artículo 2. Toda persona que enseñe a rezar a sus hijos, la misma pena.
Artículo 3. En toda aquella casa que haya santos, por consiguiente.
Artículo 4. Toda aquella persona que porte insignias en su cuerpo, por igual; y así sucesivamente hasta el artículo 30.
Dicho manifiesto nunca existió tal cual, pero capta la realidad de la crisis y corresponde a hechos reales.
Bueno, luego que vimos dicho manifiesto –prosigue Campos–, sentimos pues ciertamente que el gobierno es para que se respete, pero en tales y cuales cosas, esto no nos conviene y primero salta a pedazos la gente a que se haga lo que el gobierno diga. Inmediatamente nos reunimos para ver cómo le hacíamos y opinar cómo le podríamos hacer y tomamos el parecer a toda la gente si eran de conformidad para defender la religión y dijimos que sí, que estábamos dispuestos a pelear hasta morir. Luego nombramos un jefe para que se hiciera cargo y dispusiera lo que se debía de hacer. […]
El número de gente éramos cuatrocientos hombres y todos con el mismo gusto. La fiesta de Santo Santiago todavía se hizo y esperábamos que el señor cura, que era en ese tiempo el señor Pablo Martínez, nos hubiera dicho alguna cosa refiriéndose a lo que había ordenado; no nos dijo nada, nada más nos dijo que no nos dejáramos engañar de los falsos profetas y se retiró. La fiesta del 15 de agosto ya no se hizo, cosa que nos causó mucha tristeza. Fue cuando el gobierno mandó un oficio en el que ordenaba se hicieran dos inventarios de los santos que había en el templo y que luego se mandaran los santos y las campanas, cosa que nos causó mucho coraje. Luego mandó otro oficio en el que mandó una lista de diez hombres y en esa lista yo iba nombrado también para encargarnos del asunto y entonces le dijimos al jefe del cuartel que contestara que los hombres nombrados para dicho trabajo no habían querido hacer nada.
Otro día, 29, a las ocho de la mañana llega un auto; en él iban tres individuos; llegaron cerca del templo y echaron pie a tierra, luego se dirigieron cerca del templo preguntando a unos borrachines por el encargado del templo. Y luego les dijeron los borrachines: “¿Para qué lo quieren?” Y contestaron: “Para que nos preste la llave del templo, venimos a hacer el inventario que se les ha ordenado, ya que ustedes no lo quieren hacer.” Luego dicen los borrachines: “Aquí está la llave.” Y los agarraron a pedradas y a golpes y los desarmaron, antes no les hicieron otra cosa.
Luego nuestro jefe, Trinidad Mora, juntó la gente y dijo: “No dilata la federación en venir, júntense todos los que tengan armas.” Pues nos juntamos todos los que tenían armas, pero todas las armas no servían para nada; unas eran carabinas 30-30, otras eran 44, otras máuser; yo tenía un riflecito 25-35, pero todos con muy poco parque, unos con veinte cartuchos, otros con cinco y así sucesivamente. Yo tenía diez cartuchitos. Nos juntamos más o menos unos 140 armados y otros que no tenían armas, pero dijeron que en el combate se harían de armas y parque y que nos podrían ayudar; lo más cierto es que nos juntamos unos 285 hombres dispuestos a la batalla.
Se pusieron en emboscada:
Emprendimos la marcha muy contentos como si fuéramos a recibir dinero. Sería como la una de la tarde cuando allá viene la federación. “¡Listos, muchachos! No tengan miedo.” Los soldados no nos habían visto y cuando llegaron: “¡Viva Cristo rey!” Y tras y tras y más tras, y ai’ están cayendo los changos soldados hasta que corrieron y ai’ vamos detrás de ellos gritando: “Párense.” Recogimos armas y parque que nos dejaron, ai’ estamos muy contentos porque les ganamos, dando gracias a Dios que nos ayudó a ganar.
Quien escuche a don Pancho se dará cuenta del carácter espontáneo del levantamiento. Luego empezó la guerra en grande. Ahora toca la memoria viva de don Ezequiel Mendoza Barragán, del rancho de las Pingüicas, municipio de Coalcomán, Michoacán:
Como yo vivía por los cerros, nunca leía periódicos, pero comencé a oír por el año 1925 que el gobierno perseguía a personas católicas que más servían a la Iglesia de Cristo y me pareció oír la afligida lamentación de mi santa madre Iglesia que me decía: “Hijo mío, defiéndeme como puedas, mira que me andan maltratando esos malos mexicanos........
