Iván Illich, una clave de lectura
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El 4 de septiembre Iván Illich habría cumplido cien años. No se le concedió. Murió a los 76, el 2 de diciembre de 2002 en Bremen. Pese a ello, la comunidad intelectual decidió celebrarlos en varias partes del mundo con coloquios que revisitan su pensamiento,1 cuya actualidad es ya imposible soslayar. El filósofo Giorgio Agamben, quien reedita su obra en italiano, lo dijo de manera categórica en el prólogo a El género vernáculo: “Es la hora de la legibilidad de Illich.”
Aun cuando Illich fue mundialmente conocido y discutido desde la segunda mitad de los años sesenta hasta principios de los ochenta, nunca se entendió a cabalidad. Después de aquellos años su pensamiento interesó solo a grupos de intelectuales y académicos preocupados por los estragos de la modernidad. Es hasta ahora en que la humanidad entró en una crisis sin precedentes que es posible entender esa obra que la anticipó. No es mi designio exponer aquí los temas de ese pensamiento cuya profundidad, originalidad, amplitud y rigor rebasan las posibilidades de un artículo, cuanto dar una clave para acercarnos a esa legibilidad. Así, no es inútil visitar los hechos más salientes de su vida, a condición de saber que son un hilo conductor hacia esa clave.
Nació en 1926, no en Viena, como suele fijarse, sino –según Valentina Borremans, su brazo derecho durante los años de fama– en la isla de Dalmacia que entonces pertenecía al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, donde residía su familia paterna. A raíz de la separación de sus padres se trasladó a Viena junto con su madre y sus dos hermanos a la casa del abuelo materno. En 1941 estudió filosofía y teología en la Universidad Pontificia Gregoriana, se ordenó sacerdote en 1951, celebró su primera misa en las catacumbas y se mudó a Princeton donde Jacques Maritain animaba seminarios. Quería desarrollar a su lado una tesis sobre la alquimia de Alberto Magno, el maestro de Tomás de Aquino. Su contacto con la comunidad puertorriqueña se lo impidió. Interpelado por ella, de la que fue párroco en la iglesia de Santa María de la Encarnación, comenzó a germinar en él lo que sería su crítica a la modernidad: la lógica del desarrollo y su uniformización, cuyo paradigma es la cultura estadounidense, destruyen las formas de vida y de religiosidad propias de otras culturas segregándolas y calificándolas de subdesarrolladas.
En 1956 se le nombró vicerrector de la Universidad Católica de Puerto Rico. Enfrentado con las autoridades religiosas y políticas, abandonó la isla en 1961 y, cobijado por Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, se estableció en esa ciudad. Ese mismo año fundó allí el Centro de Investigaciones Culturales (cic), cuya sede administrativa, el Centro Intercultural de Formación (cif), estaba en la Universidad de Fordham, en Nueva York.
El cic nació como un intento de contener la llamada Alianza para el Progreso impulsada por John F. Kennedy, cuya finalidad era apoyar el desarrollo social, económico y político de América Latina. A ella se había sumado el papa Juan XXIII, que pidió a la Iglesia de Estados Unidos y Canadá enviar el 10% de sus sacerdotes y monjas a esos mismos sitios.
Illich veía en ese acto “un llamado para ayudar a modernizar la Iglesia latinoamericana de acuerdo con el modelo norteamericano”. So pretexto de enseñar el español a aquellos religiosos, Illich y su grupo los formaban no para servir a los criterios de una Iglesia imperial que veía en el desarrollo bien orientado una forma de la caridad, sino para vivir el Evangelio en el cuerpo mismo de la pobreza y de la vida de diversas culturas que el desarrollo arrasaba y arrasaría más. Las reflexiones que emanaron de aquel proyecto y que continuaban las desarrolladas durante su aventura puertorriqueña, derivaron en 1964 en la creación del Centro Intercultural de Documentación (Cidoc).
El Centro era una nueva forma de poner en cuestión los axiomas de la modernidad. Además de los seminarios donde Illich ponía a discusión sus ideas sobre el desarrollo, había otros impartidos por personas que había conocido y cuya crítica abría nuevos derroteros al pensamiento. Sobre esa base se conformó una gran biblioteca y se editaron varias colecciones.
Aquellos seminarios no solo atrajeron a un sinnúmero de intelectuales y políticos de todo el mundo; la audacia de las ideas discutidas en ellos y promovidas por un sacerdote que se había vuelto fuente de controversia pública y escándalo hizo que en 1969 la Congregación para la Doctrina de la........
