Otra fase de una guerra eterna
Nombre de usuario o dirección de correo
Tal como estaba previsto, Estados Unidos e Israel volvieron a atacar a Irán y comenzó la segunda fase de la guerra. La antesala fueron los bombardeos de las instalaciones nucleares persas en Natanz, Fordow y Isfahán en junio del año pasado, que no tuvieron los resultados anunciados en ese entonces. Ese plan fallido inició una serie de eventos inesperados, y los reacomodos políticos son igual de sorpresivos.
La primera noticia inesperada fua la muerte de Alí Jamenei, el líder religioso de la teocracia que gobierna Irán desde la Revolución de 1979. El anuncio, junto a las noticias de bombardeos masivos casi sin oposición de las defensas iraníes, apresuraron el diagnóstico de una caída inminente del régimen de Teherán. Pero Irán no es la Venezuela chavista, en la que la captura de Maduro condujo a una inmediata defección de sus subalternos. Antes del ataque largamente anunciado de E.U., Irán había tomado medidas para afrontar una decapitación. Cada funcionario clave designó hasta tres sucesores y el régimen ordenó dispersar sus medios de ataque en los 1.6 millones de kilómetros cuadrados del territorio de Irán.
Esa precaución condujo a la segunda sorpresa. A pesar de la dureza del primer golpe, Irán lanzó una respuesta masiva en represalia. Por supuesto que los misiles fueron cargados con las coordenadas de las bases y ciudades israelíes: el socio de E.U. fue el más entusiasta a la hora de proponer y acompañar esta nueva tanda de ataques.
Pero también comenzaron a llover misiles balísticos contra bases de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Kuwait y Qatar, junto a otros proyectiles que alcanzaron instalaciones militares en Jordania, Irak y finalmente Siria, que dejó pasar a los aviones en su ruta a Teherán. Se sumaron ataques a bases de Francia en Abu Dabi, Italia en Kuwait y Reino Unido en Chipre. Allí había otro sinsentido aparente porque estos tres países habían esquivado la invitación a sumarse al ataque. El Reino Unido evitó darle permiso a Estados Unidos para que usara su base en la Isla Diego García para lanzar sus bombarderos B-2.
Luego Irán involucró a mas países. A Líbano, al ordenar a su subsidiario Hezbolá que lance un ataque de cohetes y drones contra el norte de Israel, y a las guerrillas hutíes en el oeste de Yemen para que amenacen al tráfico de buques que pasan por el Mar Rojo en dirección al Canal de Suez. Ese bloqueo fue simultáneo con el anuncio del cierre del Estrecho de Ormuz, un estrecho pasaje de medio centenar de kilómetros de ancho por donde pasa el 20% del petróleo y gas que consume el mundo.
Aquello fue una segunda declaración de hostilidades de Irán contra los emiratos petroleros que dependen de las exportaciones de energía para sostener sus economías. Pero también un jaque para su mayor aliado, China, que compra entre 80 y 90% del crudo que sostiene a la economía persa. En realidad, el daño es mayor, porque si bien el petróleo iraní satisface 16% de sus necesidades, las compras a los emiratos ahora bloqueados completan hasta la mitad de su consumo de 15.6 millones de barriles diarios. El efecto es aun mas amplio porque ahora puede indisponer a Emiratos Árabes Unidos, que es la plataforma desde donde una red de 48 empresas maneja unos 90,000 millones de dólares anuales de comercio de crudo ruso sancionado.
La flota negra de petroleros de Putin depende de algunas de las 15,600 empresas abiertas por los intereses privados y estatales rusos en la banca emiratí para comerciar e invertir capitales amenazados por los embargos occidentales. También Kuwait, Baréin y Arabia Saudita toleran la presencia rusa en sus sistemas financieros y en los puertos en donde se trasborda el petróleo que Putin necesita para continuar su guerra. Los mismos drones que son financiados con ese dinero y cuyos componentes son contrabandeados desde Occidente por empresas radicadas en varios emiratos; los drones Shahed que golpearon 57,000 veces a las ciudades ucranianas desde 2022, ahora caen sobre los paraísos creados con los petrodólares de los emiratos. Es allí donde Irán podría ser golpeada indirectamente por Rusia. La pérdida de recursos financieros puede venir de la mano con la interrupción de la logística que aporta Irán para su ataque a Ucrania.
Recordemos que además de ayudarle a crear una fábrica de drones en Abaluga, Irán le envió 500 misiles balísticos, un millón de rondas de artillería y millones de municiones de calibre menor y de mortero. Irán ahora debe empeñar todo su esfuerzo para hacerle frente a esa coalición que creó en su contra al atacar indiscriminadamente y que, de estar inicialmente formada por Estados Unidos e Israel, ahora sumó a todos los emiratos menos a Omán y a tres de las potencias militares de Europa a la que atacó.
Irán tiene motivos para restarle prioridad a Rusia. Putin le falló al exdictador sirio Afez Al Asad cuando dejó que fuera derrocado; a Maduro, a quien le retaceó ayuda antes de ser “extraído” por E.U., y a Cuba, a la que dejó inerte ante la embestida estadounidense. No es un aliado confiable y el Tratado de Asociación Estratégica Integral firmado el 17 de enero de 2025 entre Moscú y Teherán fue papel mojado cuando Irán requirió ayuda militar urgente, en junio del año pasado y en el ataque en curso.
Con China tiene un acuerdo similar desde el 27 de marzo de 2021, que tampoco sirvió para aliviar la disparidad militar. Teherán sabe que está sola y que aquellas asociaciones estratégicas eran solo un montaje para crear una ilusión de triple alianza. El abandono quiebra cualquier compromiso para protegerlos de los efectos de sus decisiones. Las armas que iban a Rusia y el crudo exportado a China son ahora prioridades menores ante la instancia de enfrentar la guerra.
Hay otro damnificado más general. El cierre del Estrecho de Ormuz tuvo consecuencias inmediatas y llevó el barril de petróleo de unos 61 dólares a rozar los 80. Sea por el aumento del costo logístico, de la producción de energía o por el uso del crudo como materia prima para producir polímeros, el alza trastoca todas las previsiones económicas. Los analistas no descartan que el precio llegue a los cien dólares si la crisis se prolonga. La inflación empujará las tasas y hará mas caro el dinero en cada mercado local y a escala global, sin excepciones Es una pésima noticia para las naciones endeudadas o necesitadas de más créditos.
Es aquí en donde lo que parece un sinsentido de Irán comienza a tener cierta lógica. Involucrar a 20 países en la guerra implica extender el daño del conflicto. A sabiendas de que no tiene forma de afrontar la potencia de Estados Unidos y de Israel, el poder militar indiscutido de la región aplica la “doctrina de la mochila bomba” y arrastra a todos a su abismo. Si el objetivo de Trump y Netanyahu ya no es limitar los planes atómicos y misilísticos de Irán, o llevarlo a una mesa de negociación donde se vea obligado a abandonarlos, y en su lugar plantean derrocar al régimen islámico, entonces es una partida perdida de antemano. Con la necesidad de vengar la muerte de su líder supremo, el fanatismo nubla cualquier consideración moderada.
Cuantos más países sean afectados, mayores serán las razones para reclamar una salida política en lugar de insistir en una campaña militar en donde los iraníes tienen posibilidades nulas de prevalecer. La clave es aumentar ese daño y aguantar el tiempo necesario para forzar ese escenario. ¿Puede Irán apostar al tiempo? Hasta el momento ha gastado una cuarta parte de su arsenal de 2,000 misiles de largo alcance y unos miles de drones. Aún le queda parque suficiente para sostener los ataques. Y en el caso de Ormuz, su capacidad se mide por la posibilidad de utilizar drones, minas y antibuque que requieren medios poco sofisticados para ser lanzados. Irán ya atacó cuatro buques para mostrar su voluntad de bloqueo.
El otro instrumento es el miedo. Las navieras y aseguradoras subieron hasta un 50% las primas por el “riesgo de guerra”. Un buque valuado en 100 millones de dólares debe pagar entre 250 mil y 500 mil dólares extra por viaje si se aventura en el Golfo Pérsico. Por cada contenedor, se paga ahora un extra de mil 500 dólares, y si es refrigerado, hasta 3 mil 500 dólares. Las aseguradoras en algunos casos niegan las pólizas. Con la amenaza, Irán logró frenar en un 80% el paso de buques por la zona. En el Mar Rojo, el tráfico por el Estrecho de Bab el-Mandeb disminuyó un 60%. El lucro cesante, el aumento en el precio de barril y el sobrecosto de las pólizas o el desvío por rutas más largas contribuyen a la subida general de precios en los productos transportados por mar.
La salida lógica sería acelerar la caída del régimen. Pero ni Estados Unidos ni Israel han logrado acercarse a ese objetivo, aun cuando Israel bombardeó el sitio donde debían reunirse los 88 integrantes de la Asamblea de Expertos que elegiría al sucesor de Jamenei. El descabezamiento del régimen tampoco ha activado una rebelión en el Artesh, el ejercito iraní, que sigue siendo tan leal como la Guardia Revolucionaria Islámica, el otro cuerpo militar aún más poderoso que funciona como una guardia pretoriana de los ayatolas.
Tampoco hay signos de una rebelión popular. La organización de derechos humanos iraní HRANA verificó 7 mil muertos en la respuesta represiva a las manifestaciones de inicios de este año. Otras fuentes como la ONU la elevan a 20 mil. Decenas de miles fueron arrestados y tienen pendientes condenas capitales pendientes. La crema y nata de la oposición dispuesta a empujar una caída de la teocracia está muerta, presa o aterrada.
La opción es dejar la guerra de pantallas y planificar una intervención en el terreno que el propio Trump no descartó. Pero esa decisión es una apuesta muy arriesgada para el presidente estadounidense. En la campaña prometió que en caso de ganar evitaría involucrar a E.U. en nuevas guerras. A cambio, prometía destinar los recursos y el esfuerzo en resolver cuestiones domésticas como la inmigración ilegal, el crecimiento económico y el trafico de drogas.
El dilema de Trump es profundo. Mostrar la cabeza de Jamenei no fue suficiente. Debe mostrar mas resultados ante una opinión pública que es reacia a ver a su país involucrado en una guerra de largo aliento. Según una encuesta de Ipsos, apenas 27% de los consultados apoya una guerra con Irán. Emprender una campaña para mostrar el músculo militar puede conducir a una campaña ruinosa en suelo iraní, incluso si no hay una invasión. Hacerlo implica una guerra más larga. El efecto del bloqueo en Ormuz suma elementos críticos; en el tercer día de ataques el galón de combustible superó la barrera psicológica de los tres dólares y el bolsillo es un componente crucial en la decisión del votante promedio. Ya comenzó la campaña electoral para las elecciones de medio término de noviembre, donde Trump podría perder el control del Congreso. Eso es lo que auguran las encuestas y hasta los propios integrantes del Partido Republicano saben que pueden perder el control de distritos claves si el panorama económico y político se vuelve aún más complicado por un pantano militar en Medio Oriente. Votar con una guerra en curso y con más bajas estadounidenses –van 9 al escribir estas líneas– pueden tener un impacto publicitario desastroso.
Irán conoce estos factores y recuerda que Persia es la cuna del ajedrez. En lugar de acudir a una pelea de box en la que se sabe perdedor seguro, busca mover las piezas que le quedan para complicar al extremo el escenario en un planteo extorsivo en el que se juega su supervivencia. Con estos datos es posible ordenar lo que sucede y hasta qué punto ese conflicto que se ha descontrolado sigue una lógica producto de las especulaciones, maniobras y errores de cálculo.
Pero aun entendiendo el escenario, es imposible adelantar un desenlace. Todo lo sucedido desde el sábado 28 se salió de las previsiones. Solo era posible saber que habría un nuevo ataque. Medio Oriente es impredecible, no inexplicable. ~
