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Miguel León-Portilla: Humanismo indigenista

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20.02.2026

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Miguel León-Portilla fue el primer gran maestro que tuvo mi ge­neración en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de Mé­xico, hacia 1970. Nos impartía la asignatura de historia del México prehispánico, en la que se ponía especial énfasis en la literatura ná­huatl. Utilizábamos los gruesos volúmenes compilados y editados por uno de sus maestros, el padre Garibay, especie de profeta bíblico o un san Jerónimo moderno, que lo mismo traducía los salmos de David que las canciones de Ayocuan. León-Portilla combinaba las más diver­sas cualidades: la erudición más admirable y un extraordinario sen­tido del humor –era irónico, juguetón, festivo–, una fina sensibilidad literaria y una intensa pasión moral. Nos enseñaba mucho más que la historia fáctica del México prehispánico (sus batallas, gobernantes, costumbres): nos transmitía un amor cristiano –compuesto de simpatía y piedad– al legado indígena mexicano. “Si de verdad quiere estudiar este periodo, aprenda náhuatl”, me dijo, al calificar un rudimentario ensayo mío de fin de ciclo. No seguí su consejo, pero su cátedra me reafirmó en la creencia de que nuestro pasado (sobre todo el indígena) no ha pasado: puro o modificado, sigue vivo, latente, pendiente.

Miguel León-Portilla no es un autor: es una institución. Maes­tro, investigador, académico, conferenciante, ha merecido un gran reconocimiento dentro y fuera de su país. Ha escrito varios libros clá­sicos, traducidos a otras lenguas (La filosofía náhuatl, Los antiguos mexicanos, Visión de los vencidos, Literaturas indígenas de México, Toltecá­yotl, Aspectos de la cultura náhuatl,entre muchos otros). Ha compi­lado, prologado y editado la obra de cronistas e historiadores fundamentales de la Nueva España. Ha traducido textos indígenas invaluables. Se ha aventurado por territorios poco conocidos, como el estu­dio de la antigua California. Es, además, un espíritu sensible a los problemas de la vida nacional.

Hasta el último día de 1993, el objeto de sus afanes parecía ente­ramente académico. Pero, la madrugada del primer día de 1994, ese objeto se volvió –de nueva cuenta– sujeto, no de la historiografía, sino de la Historia. Quinientos años después del “encuentro entre dos mundos”, la rebelión neozapatista de Chiapas entró en erupción como un volcán histórico en tierra de volcanes. Aquella lava de identidad cambió muchas ideas equivocadas de los mexicanos. Seguían existien­do los indios de México, había millones de ellos, y reclamaban un lu­gar y una voz en el destino del país. Se trataba de una auténtica re­vuelta en el sentido que desarrolló Octavio Paz, un movimiento telúrico originado en las entrañas del país, integrado no por pueblos con pasado indígena, como los zapatistas originales, sino por indíge­nas estrictos, aunque capitaneados por intelectuales revolucionarios de origen urbano, universitarios, y en cuya cúpula figuraban también algunos indígenas que, de todos modos, no habrían podido concebir un movimiento así.

El movimiento neozapatista se desvaneció un poco del hori­zonte, pero no se ha resuelto. Todas las variables imaginables –étnicas, sociales, religiosas, políticas, económicas, demográficas– intervienen en aquella región en la que floreció la civilización maya y donde el mestizaje –fenómeno esencial de la sociedad y la cultura mexicanas– no tuvo cabida. León-Porrilla intervino en el debate sobre Chia­pas no sólo con lucidez, sino con la pasión justiciera de un moderno Bartolomé de las Casas en defensa de los indios, de su cultura, sus lenguas, su identidad. Nadie puede objetar su justificación moral. Abreva del humanismo indigenista que dentro de poco cumplirá qui­nientos años. Las diferencias que tengo con él se centran en algunas medidas radicalmente autonómicas que el indigenismo neozapatista propuso y que, a menudo, redundan en un atropello a las libertades esenciales y los derechos humanos universales.

A partir de aquella reveladora mañana de 1994, me ocupé con frecuencia del tema chiapaneco en ensayos, artículos y reporta­jes. He visitado la zona en dos ocasiones. Creo que se trata de un fenómeno sumamente complejo, en el que incide el viejo espíritu re­volucionario de los años sesenta (representado por el subcomandan­te Marcos), pero en el que cuentan, sobre todo, la Teología de la Li­beración y el neoindigenismo. El protagonista fundamental de este entramado fue el obispo Samuel Ruiz, cuya fuerza profética pro­viene también del fondo de los siglos. En él radicó, a mi juicio, la clave más profunda del neozapatismo: se trataba de un movimiento mesiánico.

Al cabo de casi una década de aquella erupción de la Historia, quise conversar con mi antiguo maestro, pero sin abordar de lleno los punzantes asuntos políticos de Chiapas, sino ampliando la perspec­tiva hasta remontamos a los fundadores del indigenismo, los hu­manistas españoles del siglo XVI. Porque, con todos los pecados de su historia, España tiene el inmenso y extraño mérito de haberse preocu­pado –y ocupado– de los pueblos que conquistó, procurando su tutela y protección, buscando incluir su cultura en la cultura occidental. El amor intelectual y el compromiso moral de aquellos humanistas es uno de los capítulos más extraordinarios de la Europa renacentista, y aun del cristianismo en todas sus épocas. Pero lo más notable es que se trata de un esfuerzo continuado a través de los siglos, una cadena que arranca de fray Bernardino de Sahagún y ha llegado al nuevo mi­lenio en la obra de humanistas como Miguel León-Portilla.

Comienzo, Miguel por preguntarte algo provocador. Aun­que se utiliza mucho la fórmula “el tribunal de la historia”, la historia, lo sabemos, no es un tribunal, y el historiador no es un juez. Pero imaginemos que te encuentras en ese papel en este instante. ¿Cuál es tu razonado veredicto –llamémosle así– sobre la responsabilidad moral de España en la conquista de México?

Es una pregunta difícil de responder, sin em­bargo, quiero abarcar, en torno al concepto de conquista, otra serie de hechos que deben tomarse en cuenta. La Conquista, si la reduci­rnos a los enfrentamientos bélicos, a la destrucción de la ciudad de México, a la sujeción de los indígenas, al hecho de que quedaron ellos en encomiendas y corregimientos, todo aquello que nos dice Bernardino de Sahagún –el primer antropólogo– de que “a los indios no les quedó sombra de lo que fueron”, la opinión inevitablemente tiene que ser negativa. Pero, si abarcamos en ese concepto otra serie de hechos y de personas, entonces el juicio puede matizarse. Me refiero a la presencia de ciertos individuos que influyeron decisivamente en lo que siguió a los hechos bélicos y a la “destrucción de las Indias”, para utilizar la expresión del padre Bartolomé de las Casas. Esas presen­cias fueron las que yo denomino “humanistas españoles en el Nuevo Mundo”. Estos humanistas, a diferencia de otros que hubo en la Pe­nínsula, tuvieron que luchar en un campo mucho más difícil: en una trinchera cultural.

Merece la pena, sobre todo para los lectores de España, que a veces parecen haber olvidado esa huella benigna, que menciones algunos de ellos.

Voy a comenzar con uno del que casi no hay recuerdo: Sebastián Ramírez de Fuenleal, oriundo de un pueblecito de la provincia........

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